La lealtad ha muerto

Hacer de la lealtad un valor, en la política argentina -tal vez en la global, es lo mismo- es una hipocresía, una falsía, una mentira que se quiere creer como quien se aferra al resto de un naufragio, consciente de que no durará mucho, que cualquier ola romperá su pretensión de sobrevivir en ese mar embravecido.

La política argentina no se ha distinguido por la lealtad, sino por su antónimo, la traición. Perón traicionó a los militares que lo ayudaron a llegar al poder; 18 años después de su gobierno, traicionó a los jóvenes ardorosos que lo habían entronizado como un mesías o un profeta; estos, a su vez, lo traicionaron haciéndole difíciles los últimos meses de su vida. Ya golpeados y exiliados, los líderes de estos jóvenes siguieron traicionando a sus propios fieles; y, desde allí, todo fue una larga concatenación de traiciones disfrazadas de lealtades. En el peronismo y fuera de él.

Hoy se sigue gobernando bajo la tutela engañosa de la lealtad, mientras Alberto Fernández traiciona a Cristina Kirchner, y ésta, a su vez, lo traiciona segundo a segundo de cada minuto que pasa en la agitada interna gubernamental.

En Neuquén no es distinto: el interés prima por sobre la lealtad, y deviene en traiciones inconfesables. Se disimulan o se muestran, casi obscenamente, a la vista del gran público que mira y escucha, azorado, el canto de las sirenas y su atracción fatal para seguir alimentando el sueño de los dólares que surgen de las entrañas de la tierra.

Esto no debería preocupar a nadie, si no fuera que, con la lealtad, la traición, el pasado, el presente y el futuro, se hace una ensalada retórica intragable, que deriva inexorablemente hacia el escepticismo.

La lealtad ha muerto, ha muerto hace siglos. Es un mito, un mito cristiano, que habría que desterrar del diccionario, o por lo menos, de ese estatus de importancia que se le pretende atribuir.

Rubén Boggi

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