La crisis se acelera, la reactivación se demora

Es una política módica la que se practica en estos días. La fuerza destructiva de la pandemia, un poco por sí misma, otro poco por el agregado de la interpretación humana de cómo enfrentarla, ha sido un factor más poderoso que el poder. Así que la política sigue, flaca de plata y de ideas, porque la puja, la confrontación, la competencia, están en la esencia del sistema. Neuquén, en este contexto general, muestra como singularidad la ansiedad por reflotar Vaca Muerta, la presión en aumento de la caída de los ingresos con aumento de gastos, y la preocupación gubernamental ante evidentes gestos de disconformidad que saltan el corral de la habitual pasividad ciudadana.

El lento recupero de la producción en Vaca Muerta se cruza con el drama sanitario y su consecuencia económica. Da la sensación de que el proceso recuperador de los yacimientos será lento, y que la crisis de los recursos irá más rápido. Como sea, se está jugando un partido decisivo, una especie de semifinal de campeonato. YPF ofreció una jugada positiva, con la puesta en marcha de equipos que estaban parados. La petrolera líder anunció que invertirá 50 millones de dólares por mes, de ahora en adelante, durante el proceso de reactivación. De paso, aclaró que lo hace pese a la actitud del sindicato petrolero (Guillermo Pereyra-Marcelo Rucci), con el que no ha logrado todavía cerrar un acuerdo de paz duradera. Desde la empresa se insiste en el comportamiento discordante del sindicato local. Es que en otros distritos los acuerdos se han firmado. Acá no. No todavía. Todos saben que finalmente se firmará. Pero como la plata es escasa, y hay poco para repartir, la puja dura más de lo habitual, y los dólares no llegarán, a las arcas privadas y estatales, tan rápido como hubiera sido deseable.  

Omar Gutiérrez, el gobernador neuquino, divide sus desvelos y la generosa disposición laboral que lo caracteriza, entre ese tema, la recuperación de la Vaca, y el tema pandemia. La cuestión sanitaria ha conmovido fuertemente al MPN. Es que ataca, directamente, a una de sus banderas esenciales, la que se levanta en el sistema de salud pública. Los hospitales han colapsado ante la fuerte demanda. El gobierno tramitó y obtuvo ayuda con recursos humanos de otras provincias, aportadas por el gobierno nacional. Pero nada parece alcanzar, mientras los contagios se multiplican. Instalado en este escenario conflictivo, el gobierno siente la soledad del poder, porque la oposición colabora cada vez menos. La pandemia, hay que decirlo, se ha politizado, y, lejos de provocar solidaridad desinteresada, provoca cálculos estratégicos.

No hace falta mucho para que cierta dosis de paranoia circule por los pasillos oficiales, porque hay una base de verdad en el diagnóstico: cualquier asomo de fracaso será aprovechado por quienes tienen la necesidad de crecer, recuperar, ganar masa crítica y disputar elecciones con chances mejoradas. Fuera del MPN, y -podría decirse fundamentalmente- dentro de él. Así que no hay mucha paz, no hay mucha tranquilidad, y sí hay mucha actividad, mucha intensidad en las tareas. Este sábado, el Gobernador volvió a hablar con los intendentes del área metropolitana. Gutiérrez insiste en que hay restricciones que son necesarias más allá de ser simpáticas o antipáticas. Pero… la política atraviesa el escenario, y en lugar de simplificarlo, lo complica. Si esto será para bien, o para mal, no es posible asegurarlo todavía.

Mientras, en las calles, se florea una oposición abanderada. Las banderas flamean en las calles, enarboladas por militantes de clase media. Allí abonan sus esperanzas los desplazados políticos del Cambio, los del gobierno anterior. Cada ciudadano que se suma a un banderazo es recibido con aplausos y algarabía. Banderas en las calles contra barbijos en las oficinas. El debate político tiene mucho de simbólico. Hay política enmascarada, gente que se siente protegida porque la cara no se ve. Pero los argumentos siguen aportando desnudez impúdica al escenario. Es demasiado evidente que hay un gigantesco desconcierto nacional, y que el temor se despliega con una intensidad inusitada, porque a la peste se le agrega esa dolencia tan argentina que ve en el dólar un virus destructivo del bolsillo de los que menos tienen. Más allá del gran desacierto dolarizado, lo creíble, lo que se observa en la superficie y más allá también, es que el malhumor aumenta, más rápido que los combustibles, pero casi con el mismo efecto potencial y peligroso.

Para colmo, la incertidumbre nace de una convicción, paradójicamente. Esa creencia cada vez más instalada, dice que el año entero será de pandemia, restricciones, sin escuelas, sin vacaciones. Ya septiembre agota su renacida primavera, acelerado, rumbo a un octubre aún más angustioso, sin que en el camino nadie pueda distenderse, salir a caminar sin documentos, subirse al auto para ir a pasear a un lago, a un río. Esa pesadumbre, esa opresión, empieza a ser una realidad absolutamente política, y por eso es mencionada en esta columna. Porque la política no solo es eso que practican los políticos, sino, apropiadamente, una traducción de la vida social de los seres humanos, una derivación necesaria y faltamente inexorable de los sentimientos de la gente.

Rubén Boggi

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