Lamentable: nada parece desalentar a los borrachos al volante
La penosa muerte de dos policías obliga, una vez más, a debatir sobre el enorme riesgo al que los desaprensivos exponen a la sociedad
La madrugada de este sábado volvió a dejar una tragedia que reabre un debate que la Argentina parece incapaz de saldar. A las 06:50 se registró un siniestro vial sobre la Ruta Nacional 22, a la altura de Plaza Huincul. El hecho involucró a una camioneta Toyota Hilux cuyo conductor, un joven de 23 años, arrojó 1,84 gramos de alcohol por litro de sangre, y un vehículo Kia Sorento en el que viajaban Julián Iván Zúñiga, de 27 años, y Atilio Contreras, de 60. El choque fue frontal, en un sector marcado con doble línea amarilla. Lamentablemente, ambos ocupantes del Sorento murieron en el acto. Ambos eran policías.
La escena describe con crudeza lo que ocurre cuando la irresponsabilidad se combina con la velocidad y el alcohol. El Ministerio Público Fiscal dispuso la detención del conductor de la Toyota Hilux, mientras las familias de las víctimas enfrentan el dolor irreparable que deja una tragedia de estas características.
En Neuquén rige desde hace tiempo la ley de alcohol cero al volante. La normativa es clara y estricta: cualquier nivel de alcohol en sangre se sanciona con severas multas, retención de la licencia de conducir y secuestro del vehículo. A ello se suman las causas penales que pueden derivarse cuando se pone en riesgo la seguridad pública o cuando las conductas derivan en lesiones o muertes. Sin embargo, ni las sanciones administrativas ni la amenaza de cárcel parecen suficientes para frenar a quienes deciden conducir bajo los efectos del alcohol.
El problema, en realidad, trasciende largamente las fronteras de la provincia. Es una tragedia nacional. Una tragedia que se repite a lo largo y ancho del país. Basta recordar que en noviembre de 2024 la Justicia condenó a 12 años de prisión a Fernando González, un asesino al volante que manejaba borracho y provocó la muerte de una pareja de motociclistas, en Mar del Plata. El fallo fue considerado un antecedente ejemplificador, pero la dura realidad demuestra que ni siquiera sentencias de ese calibre logran modificar conductas profundamente arraigadas.
Neuquén tampoco está exenta de episodios que retratan hasta dónde puede llegar la irresponsabilidad al volante. Uno de los casos más recordados fue el de una abogada que, pese a tener su licencia suspendida por un año, fue encontrada cruzando un semáforo en rojo y con alcoholemia positiva. La mujer ya había protagonizado -en septiembre de 2023- un episodio tan insólito como grave e indignante: intentó huir de un control y atropelló a dos inspectores de tránsito, uno de los cuales fue arrastrado sobre el capot durante casi media cuadra.
Casos como estos deberían servir para tomar verdadera dimensión del peligro. Conducir un vehículo en estado de ebriedad no es una falta menor ni una travesura irresponsable: es una conducta que convierte a un automóvil en un arma capaz de destruir vidas en cuestión de segundos. Cada vez que alguien decide beber y ponerse al volante, no solo arriesga su vida, sino también la de cualquier persona que tenga la desgracia de cruzarse en su camino.
Pero el problema no se agota en los borrachos al volante. También existe un preocupante ejército de irresponsables que hablan por teléfono mientras conducen, que cruzan semáforos en rojo o que convierten las calles en pistas de carreras, con un evidente desprecio por los límites de velocidad. En esas mismas calles caminan familias, circulan trabajadores y cruzan niños. Tal vez haya llegado el momento de que la sociedad, en su conjunto, tome plena conciencia de que la seguridad vial no depende solo de leyes o controles, sino de una responsabilidad colectiva que hoy, demasiadas veces, parece ausente.