El MPN logra centralidad renovada, aunque la crisis es muy fuerte

El nuevo escenario político tras el prolongado conflicto en Salud -que sigue, acotado a las representaciones más radicalizadas, con el peronismo en retirada- se va confirmando, no de manera lineal, algo propio de la realidad política, siempre intrincada, compleja. Ese escenario volvió a ser centralizado por el MPN, confirmada esa centralidad después de un sorprendente discurso del gobernador Omar Gutiérrez.

Fue claro, enfático, y, pese a estar en el contexto de la pandemia más complicado, superador de una larga crisis interna, sórdida, masticada con cierto pesar. Las palabras parecen haber liberado al partido provincial, y la catarsis fue netamente política. El rédito se verá enseguida, y esto tiene que ver con una actitud más abierta y decidida frente al drama de la segunda ola, tanto como la aceptación de las fallas que tuvo el propio gobierno.

A la vez, el proceso liberador de energías negativas conseguido por el MPN en ese lento anochecer del viernes, y a expensas de asumir nuevas restricciones, suspensión de clases presenciales y controles mucho más estrictos (el límite es no hacer estallar la “buena onda” de Mariano Gaido en la capital) tiene efectos directos sobre el peronismo-kirchnerismo neuquino, que dio un paso atrás en muchas cosas, sin que nada pueda hacer al respecto, porque eran cosas que construía en contubernio más o menos oculto con el propio MPN.

Una de esas cosas puede ser importante, si se confirma que se rompió el pacto con el senador Oscar Parrilli para encumbrar en el Tribunal Superior de Justicia, como nuevo vocal, al candidato Gustavo Mazieres. Era el candidato más firme hasta antes del conflicto en Salud. Superada esa etapa, en la que el partido provincial les atribuyó a los sectores liderados por Parrilli y Rioseco una responsabilidad directa en el soporte de algunos piquetes, Mazieres perdió rápidamente posibilidades, y ahora suena muy fuerte Hugo Prieto para la vocalía. El abogado y constitucionalista que supo encarnar la versión radical K neuquina en los tiempos de Néstor Kirchner, está ahora mejor posicionado desde el punto de vista del interés emepenista.

Estas cuestiones de la superestructura política, que hacen a la importancia de la ejecución concreta del poder, no hacen mínima mella en los afanes de la ciudadanía, que están absolutamente enfocados en la crisis económica y en la dramática vigencia de la segunda ola del coronavirus.

La expansión de los contagios, la saturación de los hospitales, la alta tasa de letalidad, el hecho de que Neuquén esté marcado en el mapa como uno de los lugares rojos en el mapa de la Argentina, se traduce directamente en un estado confusional del ánimo ciudadano. Todo es materia de discusión entre vecinos. Por ejemplo: ¿está bien o está mal que se haya decidido suspender las clases una semana? Hay entusiastas para un lado y para el otro. Los que aplauden la determinación lo hacen en consideración al cuidado de la salud, antes que nada. Los que critican, se encarnizan ante la presunta genuflexión ante el poder sindical, empeñado en defender sus afiliados antes que cualquier otra cosa. De hecho, el sindicato ATEN reclamó que la suspensión fuera de 15 días, no de solo 7.

En realidad, lo que el gobierno de Gutiérrez ha hecho es aplicar un criterio de prudencia que no parece descabellado, sino lógico. Por empezar, no despegarse de lo que suceda a nivel país, pues está en el Congreso el proyecto de ley que le daría al presidente Fernández plenos poderes para administrar la emergencia sanitaria, y abrir o cerrar escuelas a su antojo. Y eso corre en paralelo con el plazo de vencimiento del último Decreto de Necesidad y Urgencia.

Claro que todo esto también sirve solo para la superestructura. En la cruda y triste realidad en la que está inmersa la mayoría de la población, ha dejado de importar quién manda y quién no, porque el descalabro se ha manifestado con características magmáticas. Corre por las calles, como la lava de un volcán, la certeza de que el país es un despelote constante. El país descarrilado. Y que sólo la fortuna, o la ausencia de ella, determinará cómo evoluciona este desmadre histórico, solo comparable con aquella Argentina que vio morir a Juan Perón y asumir increíblemente en su lugar a María Estela Martínez, Isabel, Isabelita. Esto fue en 1974, el preámbulo para el golpe de Estado que instaló la última dictadura cívico-militar en Argentina.

Tal vez sea, esta catarsis desgraciada y letal, la que termine de cerrar la paradoja. Es una necesidad imperiosa, poder cerrar este capítulo de la vida social, política y económica de un país que ha bailado al ritmo de los imposibles, y que, en estos mismos y actuales días, acusa al Norte poderoso de quedarse con las vacunas que eran para el Sur débil y sufriente.

Si se sigue creyendo en la paradoja, seguirá la vida como un hecho muy complicado de llevar adelante.

El MPN mostró una carta, el viernes, interesante en este contexto. La carta de mostrarse como falible, y de encarar un proceso pragmático de soluciones.

El país necesita vacunas, no víctimas que le echen la culpa al imperio.

Rubén Boggi

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