La peste de hace 14 siglos, y de cómo se aprendió la honradez

La historia, dicen algunos, siempre se repite. En el caso de los virus y las pandemias, también. Si usted no cree o desconfía de estas temerarias afirmaciones, recurra a la historia, y verá que entre el año 541 y el 544, un tremendo brote de peste bubónica asoló a Europa y Asia. En el pico de la mortandad que produjo, llegaron a morir 10 mil personas por día. Reinaba el emperador bizantino Justiniano, quien también se enfermó, aunque pudo recuperarse. ¿Cómo se combatió la enfermedad? No había remedios, y se recurrió al aislamiento.

La economía de entonces se derrumbó. Según el cronista historiador de aquella epidemia, Procopio de Cesarea, “las actividades cesaron y los artesanos abandonaron todos los empleos y los trabajos que llevaban entre manos”. Justiniano recurrió a pelotones especialmente entrenados de guardias del palacio, y echó mano al Tesoro Imperial. Con esos recursos, pudo, al menos, enterrar los cuerpos de miles de muertos abandonados en calles y viviendas.

Los propagadores de aquella “pandemia” acotada al mundo occidental (América llevaba, entonces, su propia libertad, ajena a esas civilizaciones) fueron los soldados imperiales, que iban de puerto en puerto. Justiniano tenía campañas en marcha en Italia, África del Norte, Hispania. En aquel entonces fue al revés: desde allí, los soldados la transportaron a China.

“Se declaró una epidemia que casi acaba con todo el género humano, de la que no hay forma posible de dar ninguna explicación con palabras, ni siquiera pensarla, salvo remitirnos a la voluntad de Dios”, escribió Procopio hace 1.479 años. Dejó testimonio de que “no afectó una parte limitada de la Tierra, ni a un grupo determinado de hombres, ni se redujo a una estación concreta del año (…) sino que se esparció y se cebó en todas las vidas humanas, por diferentes que fueran unas personas de otras”.

Cuando la peste llegó a la capital del imperio, Bizancio, que ahora es Estambul, la asoló durante unos cuatro meses. Justiniano, entonces, como Alberto Fernández en Argentina ahora, dispuso el confinamiento y aislamiento totales. Obligatorio para los enfermos, y también asumido por quienes no lo estaban. Según cuenta Procopio (ah, la importancia de los periodistas…) “no era nada fácil ver a alguien en lugares públicos, al menos en Bizancio, sino que todos los que estaban sanos se quedaban en casa, cuidando de los enfermos o llorando a los muertos”.

Y aquí, algo interesante de destacar de lo ocurrido hace 14 siglos. Cuando terminó la pandemia, “quienes habían sido partidarios de las diversas facciones políticas abandonaron los reproches mutuos. Incluso aquellos que antes se entregaban a acciones bajas y malvadas dejaron, en la vida diaria, toda maldad, pues la necesidad imperiosa les hacía aprender lo que era la honradez”.

Así lo contó Procopio de Cesarea. ¿Cómo contará el periodismo del Siglo XXI, la pandemia del COVID 19?

Rubén Boggi

(Fuente: diario El País)

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