El estallido chileno en el espejo electoral argentino

Más de un millón de manifestantes en Santiago de Chile este viernes. Pérdidas millonarias en dólares por los destrozos de una semana en la que ardió el país gobernado por Sebastián Piñera. Emisarios enviados desde la ONU por la ex presidenta de ese país, Michelle Bachelet, para investigar violaciones a los derechos humanos. Se contaban 19 muertos.

El caso chileno, una inédita protesta social, ciertamente impactante porque no fue prevista por nadie o casi nadie, impacta en toda América, y ciertamente lo hará en Argentina, que este domingo tiene elecciones. La agenda de estos comicios, que enfrentan especialmente a Mauricio Macri con Alberto Fernández, está en todo y fundamentalmente vinculada con lo que explotó en Chile: la presión sobre los recursos económicos del pueblo, expresada a través de los servicios que presta el Estado, por sí o por empresas privadas que reciben en concesión ese servicio.

Lo que sucede en Chile ha sido enfocado desde los dos extremos de la interpretación: así, se la califica como “la peor protesta social” de un lado, y como un preámbulo a la revolución popular y a la caída de Piñera, las recetas liberales y el sistema de jubilación impuesto por la dictadura de Pinochet, desde el otro. En Argentina, quienes esperan el triunfo del kirchnerismo el domingo lo vinculan con la justicia que llegará para encauzar el descontento, que en Chile explotó sin cauce y sin que nadie, al menos por ahora, reciba ese rédito para erigirse en comandante de la nueva situación política.

¿Se subirá la sociedad argentina, mayoritariamente, a la exaltación de lo opuesto al modelo chileno, sobre la base de un presunto fracaso de aquel “éxito” trasandino? En todo caso, en Argentina se debería tomar conciencia plena de que nunca, el problema, ha sido económico, sino que siempre, siempre, ha sido político.

Visto desde este enfoque, el dilema nacional, que las elecciones del domingo no resolverán, es que el macrismo o lo que representa (el no-peronismo), provoca desconfianza hacia adentro, y confianza hacia el exterior, o por lo menos, hacia los países centrales; mientras que el kirchnerismo (el neo-peronismo) genera confianza hacia adentro -sustentada básicamente en la esperanza de mejoras sociales- tanto como desconfianza hacia afuera, precisamente porque los países centrales descreen de las recetas populistas.

En este juego de pinzas, queda atrapado el pueblo argentino, frustrado, por ahora, y aturdido por el poderoso mensaje de tanta expresión contradictoria frente a fenómenos sociales como el chileno, dueños de una contundencia tan impactante, como inútiles son las interpretaciones apresuradas acerca de sus motivos profundos.

Rubén Boggi

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