Ocurrencias en la ciudad húmeda de la impotencia política

La ocurrencia vecinal fue inapelable. Pusieron un muñeco patas para arriba, como asomando de la laguna formada por filtraciones, roturas, etc. Y le colgaron un cartelito de la pierna: “EPAS, auxilio. Hombre al agua”. Fue en la calle 12 de Septiembre, de la capital neuquina.

Sería una anécdota sino desnudara una realidad ya desnuda, pero que no cesa de impactar a los ojos sensibles. La ciudad es un coladero de abajo hacia arriba. Todo lo que está enterrado, en algún momento pierde. Puede ser agua del servicio de red, potable. O agua de la red cloacal, no potable, y generalmente de olor insoportable.

No hay una geografía en la que pueda marcarse el desatino. Aflora por todos lados. En el tramo del arroyo Durán donde están trabajando ahora, por ejemplo, en el Club El Biguá, se han puesto en evidencia decenas de conexiones clandestinas, que llevan los efluentes de desecho directamente al arroyo, y de allí, al río. Vienen, las conexiones, de coquetas residencias del barrio Jardines del Rey.

La historia política que refleja esta realidad es la de una imposibilidad: la firma de un contrato de concesión entre el Municipio y el EPAS. En esta situación, el EPAS se disfraza de mandamás autorizado. Lo pone al Municipio en un rol subordinado que el Municipio no acepta (tal vez, con razón). El contrato no se firma, pese a que se avanzó en las reuniones de comisiones técnicas. Es por esa razón: el gobierno de Horacio Quiroga no acepta que el concedente eventual le imponga condiciones al dueño de la concesión.

Mientras tanto, la ciudad es un despelote húmedo.

 

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