Ayudó a un chico tendido en la calle, y murió en sus brazos: después supo quién era

(Especial por Sofía Seirgalea) Mi mamá, Viviana, vive en Buenos Aires. Recordamos un suceso del mes de abril. Era día de semana, tipo tres de la tarde. Según ella, no había casi nadie en la calle. Caminaba por Haedo para tomarse el 242, e ir a la casa de una amiga. Observó una figura a lo lejos, un tanto extraña. A medida que sus pasos se aceleraban, pudo ver que era el cuerpo de un muchacho, tendido en el suelo. La mitad del cuerpo en la vereda, la otra mitad en la calle. A su lado, una moto tirada. Viviana corrió y se tiró al piso con él. Claramente, el joven había tenido un accidente, y no se veía nada bien. Aparentemente, había sido grave.
Ella no lo pensó y le tomó la mano. El chico podía hablar muy poco, pero tenía su grandes ojos marrones perdidos, clavados en los verdes de mi mamá. Estaba desesperada y lo único que hacía era tomarle la mano, y él respondía de la misma manera. Se la apretaba fuerte, según me contó. Con la otra mano le acariciaba la cabeza y se escuchaba suavemente que él reiteraba: «Me quema, me quema, tengo sed».
Los vecinos empezaron a salir de sus casas y la gente a amontonarse. Él le dijo su nombre, pero ella ahora no lo recuerda. Sólo seguía acariciándolo, mirándolo y repitiendo que todo iba a estar bien. Una de las personas que se acercó, le dijo a mi mamá que ya estaba la ambulancia en camino, y que el chico tenía un disparo en el hombro. Viviana se puso perfume en la mano, para intentar que se mantuviese despierto. Su mirada era cada vez más perdida, y le costaba mantener los ojos abiertos. También le mojaron los labios con un poco de agua.
La Policía llegó y le preguntó a Viviana si era la madre del joven, a lo que respondió que no. Llegó la ambulancia, y ella pensó en subirse con él, pero luego se arrepintió. Se sentía demasiado mal por la situación y ya estaba lo suficientemente involucrada emocionalmente.
A la noche, de regreso a su casa, mi mamá pasó por la casa de mi abuela. «Hija, le robaron la moto al vecino de la otra cuadra, y como es policía, cuando el chorro se estaba yendo, le pegó un tiro. Se murió cuando se lo llevaron en ambulancia». Se trataba del mismo joven.
Viviana me dijo que el chico también le dijo «mamá», y que ella jamás va a olvidarse de él. En aquel entonces, también pensó en mi hermano, porque tenían aproximadamente la misma edad, 27 años.
Al terminar de contarme la historia, agregó: «No sé… Me quedé muy mal en ese momento. Pienso que hice bien. Pienso que lo último que vivió fue conmigo, mientras lo acariciaba. Sé que lo último que vio fueron mis ojos».
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