La maldad con dos cachorros, frente a todos los niños

Una tarde de domingo en la plaza Roca de la capital neuquina. No acostumbro a estar rodeada de tantos niños, pero allí estábamos con mi amiga, Celeste, y su hijo Valentino. Mate por doquier, un par de anécdotas y típicas novedades para ponernos al día.

De repente, me encuentro completamente sorprendida por el salto de algo negro que pasaba su lengua por mis manos y estaba, prácticamente, encima de mí. Cuando pude ver bien, unos ojos negros, brillantes, e inocentes me miraban.

Pueden imaginarnos a mi amiga y a mí: “¡Ay, mirá lo que es!”, “¿De dónde salió?”, “No tiene collar… Está flaquito, ¿o flaquita?”, “¿Es de la calle?”. Nos quedamos unos minutos acariciando a la cachorrita que, en realidad, tenía largas patas y una cola en constante movimiento. Pero también la observábamos desconcertada.

“No parece tener dueño”, dijo mi amiga. La perrita, iba y daba vueltas, y regresaba de inmediato hacia donde estábamos sentadas. Era la sensación de la plaza entre los niños.

“No puedo adoptarla, pero si vuelve una vez más, me la llevo a mi casa, aunque me echen”, le dije a Celeste. Y volvió. Esta vez acompañada de dos nenas que se quedaron con nosotras y repetían: “Es hermosa”. Una se fue y otra se quedó, y con sus grandes ojos celestes me miró y dijo: “Pobrecita”. Le pregunté por qué y dijo que, junto a otros nenes, vieron cómo un auto frenó, sin pudor o conciencia alguna, abrió la puerta y tiró a la perrita, junto a otro cachorro más. Y así como hizo eso, se fue.

“¿Vos decís que la lleve a mi casa?”, le pregunté a la sabia niña que seguía expectante por saber cuál sería el futuro del animal. “¡Sí!”, respondió sin dudar. “¿Cómo querés que se llame?”, seguí. “Juli”, dijo, y contenta por saber que se quedaría con alguien, decidió seguir jugando.

Quien pienso yo, es su papá, se acercó a nosotras para contarnos la situación y reafirmó que la historia era cierta. Otra mujer también vino a contarnos lo mismo. Sin darnos cuenta, media plaza sabía lo que sucedía, incluyendo menores y adultos.

Dije que, realmente, no podía cuidar a la perra, pero tampoco podía dejarla ahí. El padre de la pequeña, tampoco dudó: “Si vos no te la llevás, me la llevo yo. A mí también me echan, pero bueno”. Y su pareja se acercó: “Ya tenemos dos perros en casa, pero…”. “¿Te la llevás?”, le dije mientras le sonreía. Miró a su hija, miró a la cachorra, y dijo que sí. Antes de irse, le expliqué que la perra ya tenía nombre: Juli.

Todos se reían, más de felicidad que de otra cosa. Sin embargo, internamente teníamos una sensación con gusto amargo, por no saber qué sucedió con el hermano de esa perra que sí pudo encontrar una familia, casi inmediatamente.

También pensamos que, realmente, hay desalmados que, sin importar, tiraron a los perros como si fueran bolsas de basura, y frente a una plaza, con pequeños seres que aprenden de nosotros. Afortunadamente, esta vez, el mensaje fue positivo, y la foto de esta nota, es el final feliz que lo comprueba.

 

Sofía Seirgalea

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