La muerte que cambió todo, menos la inseguridad

Los últimos años del secundario los cursé en el IFD Nº 6, más conocido como Santa Genoveva, ya que está ubicado en ese barrio. Cuando vas a la secundaria, te conocés con todos, aunque no hables con cada uno de ellos. La mayoría de nosotros, vivimos siempre en ese barrio, y otros en Provincias Unidas, Sapere y Villa Farrel. Sabíamos nuestros nombres o “nos teníamos de vista”.

Mis amigas, Sabrina y Daiana, conocían más que yo a Fernando Peña, y a su hermano, Daro, desde pequeños, porque vivían muy cerca. Yo lo veía en los pasillos del Santa y en alguna que otra “juntada”, en las plazas o en la casa de algún amigo en común.

Fernando era muy simpático y lo único que escuchaba de él eran buenos comentarios. Siempre pasaba caminando por afuera de mi casa y yo lo veía mientras fumaba un cigarrillo, y nos saludábamos. Una noche, le dije que deberíamos organizar algo con nuestros amigos, porque siempre nos cruzábamos, y respondió que le parecía una muy buena idea. No sabía que dos días después, iban a matarlo.

El hecho ocurrió en abril de 2015, cuando Fernando tenía 21 años. Fue asesinado en Río Desagüadero, en el límite de Santa Genoveva y Provincias Unidas. Durante esa madrugada, una mujer fue quien llamó a la Policía por haberlo visto tendido en la calle.

Esa misma mañana, ya todos sabíamos lo que había ocurrido. Era más de todo un barrio unido, en una misma causa: saber qué pasó, y tiempo después, el insistente pedido de justicia.

Una muerte que cambió el aire por completo en el barrio, e hizo que todos, por alguna razón, nos replanteáramos nuestras vidas y el significado de las mismas, y que dejemos de lado cualquier tipo de diferencias. Fue el tema de conversación entre mate y mate, y en las plazas. En cada saludo con los vecinos. Había “enemigos” unidos ahora por Fernando Peña, y su grupo de amigos, junto a la familia.

Después de dos años, ocho meses y 21 días, el asesino marchó a la cárcel, condenado a 6 años de prisión por el crimen que cometió cuando era menor. Pero nada fue como antes. Ni siquiera para los simples vecinos que no lo conocían, pero enterados del hecho, caminan las calles recordando para siempre lo que alguna vez sucedió allí.

No hay un día, tanto tiempo después, en el que no recuerde a Fernando Peña camino a mi casa, pasando por el mismo lugar en el que estuvo tendido en el piso, agonizando. No hay un día en que no se me genere un nudo en el estómago.

Siendo el año 2018, todavía su nombre se escucha, su apellido se nombra, su existencia queda en nosotros. Y sabemos que esto sucedió en nuestro barrio, pero que ocurre en tantos lugares más de Neuquén.

Desde aquel entonces, los vecinos de mi cuadra están en permanente contacto, “por si algo extraño sucede”. Hace un mes que, en esa misma calle y toda la manzana, lo único que observo son vidrios de autos rotos. Alarmas que suenan y puertas de hogares que se abren para saber qué vehículo fue punto blanco esta vez. Móviles policiales y personas realizando denuncias. Esto ocurre exactamente en el mismo sector de lo ocurrido en el año 2015. Como dije, nada volvió a ser como antes, pero la inseguridad quedó intacta.

 

Sofía Seirgalea

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