Cómo ser optimista en Neuquén, y morir en el intento

Ella era una mujer optimista. Había avanzado en la vida a golpes, como todos nosotros, pero siempre con buen ánimo. Compartiendo momentos alegres y tristes. Con salud y enfermedad. En la riqueza y la pobreza. Hasta que un día dijo basta. Este día. Hoy, 16 de abril de 2018.

Salió antes del trabajo, con el permiso laboriosamente obtenido, porque tenía que hacer un trámite en el Banco. “Viste cómo es esto. Hay que ir con tiempo, porque se tarda bastante. Porque además mañana hay paro…” le dijo al jefe. Y el jefe, con cara de entender todo (en realidad, no entiende nada) le dijo que “sí, por supuesto, no hay problema”.

Así que se subió a su modesto auto todo terreno clase media argentina, estacionó donde pudo (a mil kilómetros del Banco, claro, estamos en Neuquén) y entró con aire triunfal a la gloriosa entidad financiera. Sacó número y vio, con espanto, que había 500 antes que ella. Se resignó, lamentando no tener los Cien Años de Soledad para volver a leerlo completo, pensando que avanzaría rápido, que las cosas han cambiado, que ahora hay más cajas, más eficacia, más computadoras, etc.

Media hora después, no había avanzado nada, pero tuvo un golpe de suerte. Una vieja decidió que si tenía que esperar más, corría peligro de morirse en el Banco, así que le cedió el número: avanzó, de golpe, 20 casilleros. ¡La Fuerza está conmigo! Se dijo, con música de Stars Wars ejecutada por la sinfónica de Tolcachir.

Pasaron tres horas. La mujer que había sido optimista llegó a la caja. El cajero le hizo notar que tenía un número que era para otro trámite, no para el que ella quería hacer. Lo miró, nada más. Ojos de Indiana Jones enfrentando las serpientes. El cajero esbozó una mueca, o una sonrisa. “Qué importa”, dijo. “La atiendo, bella dama”.

Salió, al rato, preguntándose por qué carajo va tanta gente al Banco en Neuquén. ¿No somos todos anti-sistema? ¿Y revolucionarios anti-capitalistas? En fin. Hipocresía argento. Subió al auto y enfiló para su casa.

Cuando abrió la puerta, encontró el comedor inundado. Se cumplían dos días de la inundación, provocada por un misterioso fenómeno de ascenso de napas freáticas, según la explicación que había recibido del EPAS. El EPAS, claro, había prometido resolver el problema este mismo día, 16 de abril de 2018, primer día laborable de la semana para la administración pública. Pero no. Seguro que tuvieron que hacer cosas más importantes. Tal vez salvaron a la provincia toda de alguna catástrofe. ¿Cómo enfrentar esto con solamente un comedor, una ridícula habitación pequeña, inundada?

Ella se sentó en una mecedora, en el patio, todavía milagrosamente limpio, y decidió poner fin. No a su vida, claro, sino a su optimismo.

Neuquén no es para optimistas fáciles. Se dijo. Hace falta algo más. Y yo, evidentemente, no lo tengo.

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