El cheque de Trump, el virus maldito, y nosotros

Nadie hubiera imaginado que Donald Trump le ponga plata en el bolsillo a la gente, como si fuera un kirchnerista ortodoxo. Sin embargo, en estos tiempos del coronavirus, la pandemia, el miedo global -que no es solo a un virus, sino al derrumbe de la economía ciudadana– lo ha hecho posible. El magnate, actual Presidente de los Estados Unidos, le enviará un cheque, por 1.200 dólares, a cada estadounidense que tenga un ingreso anual menor a los 75.000 dólares.

La iniciativa fue aprobada por el Congreso de ese país, y forma parte de un paquete de medidas que insumirá el 10 por ciento del PBI yanqui: 2 billones de dólares. Nunca en la historia de Estados Unidos, el Tesoro ha puesto tanta plata para una emergencia. En fin, así obrará para intentar alinear la pelea sanitaria y la económica, el país que tenía, este viernes, más contagiados que Italia y España y China, previendo que, si se caen sus ciudadanos más humildes, la catástrofe sería mil veces peor.

Aquí, al sur, el presidente Alberto Fernández dispuso repartir 6 mil millones de pesos entre las provincias. Más cerquita, justo en donde estamos, el gobernador Omar Gutiérrez anunció un paquete económico-social de 2.300 millones de pesos, para la emergencia del coronavirus. El método para que esos dineros le lleguen a la gente, en la Argentina, creador del híper populismo ya en el siglo pasado, es más intrincado, un poco misterioso, y deja lugar a las dudas. Nadie recibe un cheque en su casa. En todo caso, se lo arrima un puntero de barrio.

No se nos ocurra, ni en broma, compararnos con Estados Unidos. ¿Para qué? Pero, sin comparar con nadie, aquí se está armando una ensalada de autoritarismo y libertinaje, de contradicciones flagrantes, que podría ser un ejemplo de cualquier hazmerreir del mundo.

La gente no puede salir de la casa. Cada vez menos puede salir de la casa, y todos repetimos eso. Pero, al mismo tiempo, la gente tiene que ir a buscar plata, en efectivo, porque en este país todavía hay cosas para las que se necesita el dinero de papel. Entonces, vemos la contradicción: no se puede andar por ahí al cohete, pero sí se puede hacer cola, en un cajero automático (no solo los del centro, también en los barrios), que suele pagarnos, al llegar a él, con un sonoro “no tengo más guita”. Ver foto, sacada este mismo viernes. Cajero de barrio.

No se puede andar por la calle si no es por una buena razón. Por ejemplo, hacer cola para que a uno le pongan la vacuna contra la gripe. En la calle, claro. ¡Una buena cola! ¿Qué coronavirus se animará a prenderse de uno, si se está por vacunar contra la gripe?

La solución es internet, se dice. Todo virtual. Todo por el teléfono o la compu. Por ejemplo, hacer el trámite en ANSES. ¡Entrá a la página! ¡Y si lo lográs, te doy un premio extra, un cheque de los de Donald Trump! Porque, recordar que estamos en Neuquén, Argentina, e Internet tiene un límite. En concreto, ha comenzado a colapsar. Es más difícil entrar a determinadas páginas de trámite que viajar ida y vuelta a la luna en el avión que quería poner en el aire Carlos Menem.

Y así, hay innumerables ejemplos, que más vale tomarlos a la chacota, antes de deprimirse y cortarse las venas con un ejemplar de El Gráfico de 1966, con Amadeo Carrizo en la tapa.

Cuando pase todo, dicen los entusiastas enamorados del nacionalismo criollo, saldremos fortalecidos, con mayor temple, orgullosos del triunfo inevitable. Sin embargo, estaría bueno repasar un poco lo que se está haciendo. Moderar el avance del Estado en esos arrebatos autoritarios que se escapan naturalmente. No se puede cerrar fronteras internas, porque no las hay en el país, según la constitución. No se puede poner toque de queda, si no hay un Estado de Sitio. Y no se puede declarar Estado de Sitio, sino hay una razón que lo justifique, por ejemplo, una situación de rebelión generalizada e incontrolable.

Mucho menos, pedir la cabeza de los transgresores, como si estuviéramos en París, y la Bastilla estuviera por caer, y la guillotina empezara a trabajar, ávida de sangre, golosa de justicia.

Cada vez que el Estado pasa de la firmeza lógica de la ley, al autoritarismo desmedido, no hace más que confesar que hay una cara siniestra escondida en el fondo del ADN de los argentinos.

Rubén Boggi

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