Los ojos grandes de una chica muerta, emblema de un país que duele

La noticia de la muerte de Kathy, 19 años, tras incendiar su propio cuerpo, en un rapto suicida impactante, sin público, sin exhibiciones, con la sorda desesperación de los que nada tienen, recibió este miércoles un aluvión de lectores, y entró en la categoría –dudosa pero cierta- de “viral”, que ha consagrado nuestra cruel e híper tecnológica sociedad del Siglo XXI.

Kathy vivió el último tramo de su corta vida en la toma Ferrocarril, en Ferri, ese barrio de Cipolletti que queda al final de la calle San Luis, testimonio de un pasado no muy lejano de producción plena, con el tren trayendo gente y llevando peras y manzanas.

De aquel pasado de hace poco más de medio siglo a este presente de crisis y carencias de una Argentina que no se sabe si va o viene, es revelador el drama que despierta conciencias con la abrumadora muerte de esta joven madre, bella, que no era dueña de nada, y que encontró dificultades aún para poder enterrarse en la fosa, porque ni lugar en el cementerio había para ella.

“Hicimos todo lo que pudimos”, dijo este miércoles Mónica, la mujer que es referente de esa Toma. En esa frase se encierra todo el secreto, la diferencia que puede haber entre la vida y la muerte, entre el goce y el sufrimiento. Miles y miles de lectores ingresaron a la nota subida en este portal y en Mejor Informado. Pocas veces se ha registrado semejante reacción popular ante una nota de poco más de 50 líneas.

Hace muy poco, apenas semanas, publicamos la historia de pobreza extrema que mostraba esa Toma, y esa familia en particular, la familia de Kathy, cuando estaba viva, cuando se afanaba todavía en encontrar un peso para comprarle una golosina a su pequeño hijo. La historia de cómo vivían una docena de personas en una mínima y precaria casilla de cartón, madera y plástico, conmovió, y provocó algunas reacciones, algunas ayudas solidarias.

Ahora, la nota de la muerte llega a mucho más gente. Impacta más. La desgracia, conjugada con la pobreza, parece ser una especie de síntesis de lo que no queremos ver, pero no resistimos ver, cuando se nos muestra.

Eso es, en definitiva, la miseria, nivel superior de la pobreza: un certificado que acorta la vida, una receta abominable, pero concreta.

Al país hay que empezar a mirarlo desde los ojos grandes de Kathy.

Volver allí, para reencontrar la luz.

Rubén Boggi

 

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