La muerte revolotea en las escuelas neuquinas

Una escuela rural, casi en julio, está en obras de ampliación. Sucede algo no previsto. Hay una explosión. Mueren dos personas. Una docente de 34 años es trasladada, con 80 por ciento del cuerpo afectado por el estallido y el fuego, al hospital Castro Rendón. Pasa un día entero. El gobierno busca «responsables» y habla poco. El gremio busca responsables y habla mucho. Hay algo trágico en la relación de Neuquén con la educación. Anda siempre la muerte revoloteando en un lugar que debería ser el más seguro del mundo.

Hace 21 años, una maestra, profesora de educación física, Silvia Roggetti, resultó muerta tras un absurdo accidente. También en una escuela en obra que al mismo tiempo dictaba clases. Un hierro de construcción acabó con su vida. Fue una bisagra en la relación entre gremio y gobierno. Después llegó la muerte absurda y emblemática de Carlos Fuentealba, en 2007. Neuquén nunca recompuso la normalidad educativa. Llegó la pandemia y se agravó todo. Hay una colección de funcionarios con lenguaje inclusivo en un sistema que se volvió absolutamente exclusivo. Y un staff de sindicalistas que repiten eslóganes y frases hechas. Si se suman los dos componentes, se tiene como resultado un drama educativo de gigantescas proporciones, en un contexto que repite los atrasos en obras y mantenimientos de edificios, ahora justificados, mal o bien, en la singularidad extraordinaria de la peste.

Hay que parar, hay que frenar este desconcierto. Del estado de asamblea permanente que ha naturalizado el Consejo Provincial de Educación, pasar a una reformulación del sistema que debería ser revisado integralmente por la Legislatura, tomando como base la última Ley de Educación, que poco se cumple. Buscar eficiencia, en lugar de discursos demagógicos.

Lograr, por lo menos, que nadie muera por inseguridad en el lugar que debería ser el más seguro del planeta.

Rubén Boggi

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