El colapso está entre nosotros: último tango de la segunda ola

Los maestros quieren suspender las clases; el gobierno y los propietarios de las clínicas y sanatorios privados avisan que no hay más lugar, y que ya hay gente en camillas de espera; el número de contagios diarios equipara y a veces supera al pico de la primera ola del año pasado, que fue en octubre; y solo hay una diferencia: las vacunas ya se inventaron, se patentaron y se comenzaron a producir. El año pasado no había vacunas. Y ahora tampoco, todavía: apenas se ha vacunado, a nivel país, poco más de 17 por ciento de su población, cuando las vacunas comenzaron a estar disponibles en diciembre del año pasado.

Por eso no se entienden las exhortaciones políticas desde el Estado hacia la población. El establishment político-gubernamental cree que ocupa el centro del cosmos, el ombligo del universo. Y refiere, en sus propias miserias, las miserias que supone en el conjunto de la población. Dice, entonces, que la población debe cuidarse, pues más evidencias no hay acerca de la peligrosidad de la segunda ola. En buen romance, descarga en la población la responsabilidad de lo que sucede.

Desde el punto de vista del Estado, así es la cosa: el virus se expande por lo que los humanos hacen; y si hay expansión, es porque los humanos no se cuidan.

Pero hay otro punto de vista. Es el que dice que así era el año pasado, cuando no había vacuna. Ahora, que hay vacuna (remedio), el Estado debería haberlo asegurado para todos y todas. El Estado debería dejar su rol paternal y consejero, pues cualquier iletrado entiende fácilmente que hay que lavarse las manos, mantener distancia de dos metros, usar barbijo o tapabocas o mascarilla o como carajo quiera llamársele a esa máscara que nos iguala; y que ahí se termina la prevención posible. También, cualquier iletrado ignorante poco seso puede darse cuenta que se inventó el remedio y que aquí no está. O, por lo menos, no está en la cantidad necesaria.

El Estado no consiguió la cantidad de camas de terapia intensiva necesarias, a 14 meses de haber comenzado la pandemia; no consiguió los recursos humanos necesarios para que no se agotara el único que había; no consiguió el remedio ya inventado, patentado y en circulación en el mundo, en cantidad necesaria para vacunar rápidamente. Pese a todo lo que no consiguió, sigue echándole el fardo de la responsabilidad a los ciudadanos que, al mismo tiempo, se la tienen que arreglar para: enfrentar una inflación de 4 por ciento mensual; enfrentar una caída histórica del empleo; enfrentar restricciones de movilidad, de transporte, de circulación, legales o impuestas por sindicatos u organizaciones sociales que reclaman por más guita; enfrentar la continuidad del pago de los impuestos, empezando por el IVA que está en cada cosa que uno tiene que comprar.

El año pasado veíamos a los estadounidenses morir como hormigas, con Donald Trump hablando payasadas y tomando dióxido de cloro; este año vemos que no solo cambiaron presidente, sino que ya pudieron dejar de usar la mascarilla, barbijo o tapaboca o como carajo se llame, porque con una vacunación intensa lograron alcanzar la famosa inmunidad de rebaño, o por lo menos están muy cerca. El año pasado éramos Gardel, ahora somos solo un recuerdo exánime, que se desvanece como las notas del último tango.

Rubén Boggi

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