Lo que vendrá después del conflicto en Neuquén

Paso a paso, se va cumpliendo el plan que el MPN diseñó para salir de la encerrona. Primero, el congelamiento salarial de la planta política -una señal poco importante económicamente, significativa en lo gestual, aunque, como siempre, sobreactuada- después, el reencauzamiento del conflicto con la colaboración del ATE que conduce Carlos Quintriqueo; y ahora viene, finalmente, el otorgamiento de un nuevo aumento al básico (¿40-42 por ciento?) con condición de requerir nuevos recursos a partir del aval legislativo, es decir, un endeudamiento para pagar el incremento y apagar las llamas de la rebelión “anárquica”.

Esto es lo que había anticipado esta columna. Posiblemente, alcance para sacar la protesta de las rutas. Los autoconvocados, más allá de las formas, verán satisfechas su aspiración principal, que era conseguir un aumento por encima de lo que ya había acordado Quintriqueo. Ese aumento, por la ley de la igualdad que tramposamente se ubicó como cláusula en la pandemia, y en el proceso que siguió a aquella regla del aumento automático según la inflación trimestral, será para todos los estatales, y no solo para quienes trabajan en los hospitales.

Es peligroso el paroxismo de la igualdad. Es una palabra igualmente tramposa: ser igual a veces es bueno, a veces no. La igualdad no es un valor en sí mismo: depende de las condiciones, del contexto, de lo que pasa en el resto del complejo mundo de la realidad. El Estado neuquino está atado a ese principio, más por el poder de los sindicatos, que por definiciones propias del partido político que lo ha gobernado desde 1963 a la fecha.

Es peligroso, también, el nivel de proyección del gasto salarial que tendrá que afrontar el gobierno de Omar Gutiérrez. Los recursos provinciales todavía están bajos; todavía resta ver qué pasa con la segunda ola de la pandemia y su influencia en las actividades económicas; y todavía resta, fundamentalmente, saber qué hará el gobierno nacional de Alberto Fernández con la producción energética, en concreto, con Vaca Muerta, habida cuenta de que hay un federalismo de mentiritas acumuladas, y lo que más parece interesar, al menos este año, es cómo se garantiza que la dupla gobernante no pierda respaldo en el Congreso.

Para eso, tendrá que ganar las elecciones: de eso depende la suerte, fundamentalmente, de Cristina Kirchner. El único horror posible es tener un Congreso en contra, lo que abriría las puertas a una justicia más inflexible. Nada será posible para el oficialismo en su conjunto, incluidas sus contradicciones, si no tiene mayoría en Diputados y en Senadores.

Se verá esta semana cómo repercute la forma que ha elegido el gobierno de Omar Gutiérrez para recuperar el control político para sí, y la normalidad -siempre relativa- para la provincia. Los autoconvocados sentirán que han triunfado: el gobierno, ATE, Quintriqueo y los demás sindicatos tendrán que vivir con ello. Esto supone un cambio de escenario político en general, y tendrá influencias en las elecciones de este año; pero mucho, mucho más, en el proceso que derivará en las del año 2023.

Pero el cambio de escenario y su eventual aprovechamiento no depende sólo de lo que hace el gobierno. Habrá que esperar las movidas de la amplia franja opositora. El peronismo está condicionado por la necesidad de obrar sin sacar los pies del plato de las urgentes necesidades de Alberto y Cristina (distintas, además). El espectro variable de Juntos por el Cambio también tendrá que sintonizar con sus referentes nacionales, y elegir entre ellos: ¿Macri? ¿Larreta? ¿Bullrich? En este contexto, crecerán más, no ya para este año sino para el 2023, las opciones con más importancia de raíz local. Vuelven a refulgir las gemas derrotadas. Se empezará a hablar de Rolando Figueroa, de Ramón Rioseco, de Jorge Sobisch. Y de los referentes de izquierda que acumulan respaldo desde la insatisfacción de vastos sectores populares.

Nada es novedoso, pero, a la vez, todo es sorprendente.

Rubén Boggi

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