Los problemas del MPN y las dos caras del peronismo

Omar Gutiérrez enfrenta horas difíciles, tal vez las más difíciles desde que es gobernador. La doble llave de judo, con resultado todavía incierto, que representa la segunda ola de la pandemia del coronavirus y el conflicto en los hospitales, configura una situación extremadamente peligrosa, que asfixia sus posibilidades. La única solución viable al laberíntico problema, es política; y pasa por el nivel de apoyo extrapartidario que pueda recibir, o al menos generar, su gobierno.

En este contexto, es clave la posición del peronismo, porque hasta ahora ejerce sobre la situación una política de dos caras. Por un lado, da señales de colaboración, como la que hizo conocer hace pocas horas el secretario de Energía, Darío Martínez; y las reservadas -no públicas- que le han hecho llegar a Gutiérrez ministros del Gabinete del también atribulado y lleno de problemas presidente Alberto Fernández.

Por el otro, recibe el castigo de una dirigencia implacable, que le enrostra responsabilidad y culpabilidad en la no resolución rápida del conflicto de los autoconvocados y su presencia en las rutas. Pero no es eso lo que más preocupa al MPN gubernamental, sino lo que algunos dirigentes del Frente de Todos harían desde las sombras: respaldar, financiar y colaborar con los piquetes en los cortes de ruta.

Desde el partido provincial se mira con lupa desconfiada al senador Oscar Parrilli, y al diputado del Mercosur Ramón Rioseco. Se murmura que ambos tienen delegados directos en piquetes importantes que bloquean rutas, en Cutral Co, en Zapala, en Picún Leufú, en Añelo. De acuerdo con el análisis de los estrategas del MPN, los viejos socios opositores trabajan directamente, con tropa propia, en esos afanes.

Más allá de lo que trasciende desde las entrañas del partido provincial, la doble faz peronista respecto de lo que haga o deje de hacer el gobierno en Neuquén no es nueva, sino en todo caso una prolongación de una estrategia semipermanente, que adquiere singular relevancia en años electorales.

Lo difícil de la circunstancia, en un país que comienza militarizarse con vistas a imponer restricciones por la pandemia, torna este juego político casi natural en una aventura llena de riesgos: no tanto hacia los dirigentes que lo juegan, sino para la comunidad en general, apartada de tales prácticas soterradas.

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