Más allá del esfuerzo, no van bien las cosas con la pandemia

A un año y una semana de la inauguración oficial de la pandemia en Argentina, con más de 55 mil muertos y 2,3 millones de contagiados, nada ha logrado superarse realmente, y, aunque duela decirlo, se está ante una coyuntura de posible agravamiento de la situación con respecto al verano, pese a que el principal argumento que utilizó la clase política nacional para confinar a su propio pueblo -no hay remedio para el virus- ya no le es posible aplicarlo, porque sí hay remedio (las vacunas). El problema, ahora, es otro: por distintas razones, muchas de las cuales remiten a la ineficacia política nacional, las vacunas no llegan en cantidad necesaria; y la nueva ola de contagios sorprenderá a la sociedad con un bajísimo porcentaje de la población vacunada.

Esto, en Neuquén, tiene su propia evidencia, y remite, una vez más, al costo que hay que pagar por un sistema centralista, que les ha impedido a las provincias hacer sus propias compras y distribución. Neuquén recibe vacunas a cuenta gotas. El operativo vacunación es rápido, y eficiente. El gobierno de Omar Gutiérrez ha acertado con el plan de vacunar por edad y por factor de riesgo. Pero las vacunas son pocas, no alcanzan. Este sábado se festejó como una epopeya la llegada de 5.400 dosis. Neuquén necesita vacunar más de 170 mil personas, solo para atender al mayor riesgo.

Cuando se plantea este tema, el del centralismo exacerbado con el que se encaró la pandemia y la cuarentena, se escupe la rápida respuesta de que era la única forma de manejar rápido una emergencia, y hacerlo de manera equilibrada propendiendo a la igualdad en todo el país. Esto, para lo único que ha servido, es para igualar hacia abajo, hacia el incumplimiento de las metas sanitarias iniciales. Todo el tiempo con una gran contradicción: Argentina tiene un sistema sanitario descentralizado, provincializado, y todo el tiempo ha ido contra esa corriente de muchos años, retomando una centralización que no ha dado el menor resultado.

Es la política la que manda, la que conduce. Por eso que no hay más culpables que los de Perogrullo. El esquema centralista siempre le ha hecho daño a la Argentina. En Neuquén se tiene esta evidencia. Una provincia que es capaz de acceder a 75 millones de dólares para hacer rutas y puentes (aportados por la Corporación Andina de Fomento, CAF), pero que no puede disponer de la posibilidad de comprar el medicamento que le hace frente a la crisis de la pandemia. En lugar de eso, tiene que esperar a que Alberto Fernández le mande lo que le toca, la “coparticipación federal” de las vacunas.

En concreto, Neuquén ha conseguido inocular con la vacuna contra el coronavirus al 30 por ciento de los 178 mil ciudadanos que están relevados como la “población objetivo”, es decir, la población que necesita sí o sí recibir la vacuna. Es un porcentaje relativamente alto en el contexto nacional, pues hay otros distritos que están muy por debajo. Sin embargo, en términos de prevención sanitaria, es un porcentaje bajo, si se tiene en cuenta que la provisión del medicamento continúa siendo acotada y bajo la estricta administración nacional, sin que el gobierno de la provincia pueda administrar su propia capacidad de reacción frente a la pandemia. Y que todo indica que la situación podría agravarse, con un mayor porcentaje diario de contagios, mientras avanza el otoño y se avecina el invierno.

Mientras tanto, en la misma línea de dificultad estrictamente política, sigue sin resolverse el conflicto en el área sanitaria, centrado en los hospitales y en los sectores sindicales que se escaparon del control de las conducciones de ATE y UPCN. También es una consecuencia “centralista”: la interna en ATE, de enfrentamientos con figuras instaladas en el nivel nacional desde Neuquén, como es por ejemplo Julio Fuentes, tiene en este contexto un rol decisivo, porque está “financiando”, en todo sentido, el conflicto, con el fin de procurar ponerle fin a la larga hegemonía directiva de Carlos Quintriqueo y su sector sindical. El conflicto, pintoresco en algunas expresiones, produce un gran daño en el sistema de Salud justo cuando la pandemia puede agravarse en términos relativos. Encauza, por un lado, un descontento que existe en la realidad, pero lo lleva derecho a una consecuencia política-sindical más que a un verdadero cambio de la situación que se denuncia.

El centralismo, esa manía por acumular poder en Buenos Aires, siempre le ha hecho mal a las provincias, y con ello, al país todo. Habría que poner un poco más de atención y dar mayor relevancia a este tema en referencia a la pandemia. Se tiene ya un año y una semana de experiencia. Y las cosas no marchan bien.

Rubén Boggi

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