El presidente estuvo a centímetros de ser golpeado en Lago Puelo

Hay una gran diferencia entre el vuelo de un helicóptero y el fatigoso transitar de una combi. Eso lo saben bien los presidentes en la Patagonia. Le pasó a Mauricio Macri, en Villa Traful, a tiro de las piedras arrojadas por miembros del sindicato ATE. Y le pasó, con mayor riesgo y cercanía, a Alberto Fernández, durante su visita a la zona de la catástrofe del paralelo 42, en Lago Puelo.

Según se afirma, a Fernández lo atacaron quienes se oponen a la minería en esa población de la cordillera boscosa patagónica. Y que el conflicto no es con el presidente, sino con el gobernador, Mariano Arcioni. La administración de Chubut ha dejado bastante que desear, Arcioni no ha sido un gobernador exitoso, no, al menos, hasta ahora. Igualmente, hay muchos componentes en la situación como para reducirla a un esquema político determinado. La indignación suele trazar rumbos misteriosos.

Simplificar no es bueno en política nunca, es tan malo como enredar en demasía las cosas y hacer de la práctica un galimatías de intelectualizaciones. Sin embargo, hay que decir que nunca había pasado que hubiera incendios que arrasaran con 250 viviendas, viviendas de gente laburante, no mansiones al estilo de los incendios californianos. Y que esas poblaciones quedaron sin gas, sin agua, sin electricidad. Y que, al día de hoy, más allá de los anuncios, sus pobladores no saben bien cómo saldrán de la dura encrucijada que les ha planteado una rara combinación de odios humanos y fuerzas de la naturaleza.

El coro de críticas hacia la pedrea contra el Presidente, que estuvo a centímetros de recibir golpes, demasiado expuesto para la importancia de su investidura, tal vez en un mal cálculo (político) acerca de su propia seguridad, es tan previsible como inútil: no es sincero en muchos casos, sino tan solo lo que conviene decir en estos casos. La sensación que ha quedado es que importa más el aprovechamiento de las situaciones, que las situaciones mismas, sean de la calidad que sean.

Y ese es un dato grave de la realidad, en un país muy perdido en sus rencillas palaciegas, mientras el pueblo sufre y peregrina, tratando de encontrar paciencia y tolerancia.

Rubén Boggi

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