Chau, Donald

Y un día (este día) se fue. En helicóptero, aunque allá no tiene la misma significación que acá. Donald Trump deja de ser el presidente de los Estados Unidos. Pero, también, deja de ser el emblema del desacierto, el capricho, la brutalidad puesta al servicio del poder de los hombres y mujeres del mundo.

Antes, presentó pelea. No él personalmente: él incitó. Provocó a sus seguidores hasta conseguir que irrumpieran en el Capitolio, que es como decir, irrumpir en el corazón de la democracia americana. Murieron cinco personas allí, pero él ni se hizo cargo. Es más, pidió cesar con la violencia mientras con la otra mano les hacía señas de continuar, porque «esto recién empieza».

Donald se fue de la Casa Blanca, pero no se retira lo que representa: la prepotencia racista, xenófoba, inescrupulosa. Tiene muchos seguidores (millones) en Estados Unidos. Aquí, en la Argentina, también los tiene. Gente que cree que hay que levantar esos ejemplos contra «el comunismo» en el mundo. Que hay que instaurar la pena de muerte. Que hay que «armar al pueblo».

Se fue Donald. Perdió. Justo él, quien afirmaba que nunca perdería. Ahora, para que la derrota sea verdadera, hay que empezar a construir y juntar, restaurar todo lo que destruyó en cuatro años.

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