¡Aguante la inflación, sea patriota!

Fui al supermercado, compré más o menos lo de siempre -un pollo, algunas latas, fideos, verduras y frutas- y empecé a hacer la cola frente a la caja. Delante de mí había un cliente habitual, como yo. Un veterano de pelito enrulado, canoso, que habla a los gritos y hace gala de simpatía con las cajeras/os. Terminaron de pasar sus cosas por delante del ojo electrónico, y el cajero cantó: 16.324 pesos.

Sentí un escalofrío. ¿Qué llevaba de valioso mi conciudadano, que costara una fortuna, casi el sueldo completo de un jubilado de la mínima? No vi nada extraordinario. Apenas si había llenado un carrito. El canoso enrulado ni se inmutó. Peló una montaña de billetes de cien con una gomita alrededor, y se la pasó al cajero como si estuviera traficando cocaína entre las sombras de un puerto de Marsella.

La miré a Cristina (mi Cristina, no la otra) y ella me devolvió una mirada distraída. “La lata de tomates que estaba a 70 pesos la semana pasada, te la facturaron 107 hoy”, me disparó con una leve sonrisa torcida. Miré las dos latas que había comprado, con una culpa indescifrable. ¿Qué mierda ha pasado? ¿Es el cambio de año? ¿Están todos locos?

El temido paso frente al pelotón de fusilamiento digital significó 4.285 pesos. La cuarta parte de lo que había gastado mi predecesor en la ejecución impiadosa del singular capitalismo argentino. No fue, no obstante, un consuelo. Seguramente, mi presupuesto mensual es inferior al del hombre que habla fuerte y coquetea con las cajeras.

¿Por qué aguantamos la inflación en Argentina? Me pregunté, al rato, mientras volvíamos a casa. Me acordé de un posteo en Facebook de Fernando, un amigo que vive lejos ahora. Se quejaba del precio de la patente de su auto: en diciembre había pagado poco más de 6 mil pesitos, y este enero le vino la papeleta con 10.359 de la moneda nacional en permanente devaluación. “Es mejor comprarse un cascajo, total nadie te para, nadie te pide VTV y dependiendo del modelo no pagás más patente”, posteó Fernando.

El auto, es evidente, cuando más viejo, más barato te sale. Como los jubilados al presidente.

¿Por qué aguantamos la inflación? O mejor: ¿Por qué la inflación se ha convertido en bandera a defender por los oficialistas, como si se tratara de una revolución, un precio a pagar para terminar de ser libres?

Si hubiera escuelas abiertas en Argentina, iría a preguntárselo a mi maestra de sexto grado. Pero el viaje al pasado está tan prohibido como atisbar el futuro.

Me temo que estamos solos esta vez, solos de soledad absoluta. Y que, como pocas veces antes, toda la carga está sobre nuestros propios hombros.

Rubén Boggi

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