El sabor agridulce de la coyuntura neuquina

La sensación actual de la coyuntura neuquina es agridulce. Por un lado, quedó en evidencia que, dentro del actual proyecto político nacional que ocupa el gobierno, la provincia es considerada como un distrito importante, por su producción energética y, por ende, su influencia en la reactivación económica; por el otro, el drama social de sus habitantes no decrece, los efectos de la peste tienen raíces profundas, y esta realidad influye todavía de manera muy negativa, acotando los márgenes de optimismo.

Hubo una sola semana de tranquilidad relativa, cuando se supo la noticia concreta de la llegada de la primera tanda de vacunas. El optimismo, entonces, tuvo razones para asomar el hocico, porque al mismo tiempo los casos de contagios estaban por debajo de los 200 diarios. Sin embargo, en paralelo a la llegada de la vacuna, los contagios comenzaron a crecer. La segunda ola llegó anticipada, y en la última semana, el viernes cerró con 645 contagiados en un día.

Los mundos paralelos tienen así una coexistencia agitada, contradictoria. Vinieron Martín Guzmán y Wado de Pedro, derramando halagos hacia la provincia y su importancia de la mano de Vaca Muerta. El gobierno de Omar Gutiérrez recibió espaldarazos y elogios desde los emisarios del gobierno central. Al mismo tiempo, ese gobierno central cambiaba abruptamente el rumbo de lo que estaba planificado hacer con las restricciones de madrugada por la segunda ola del Coronavirus. De un DNU de necesidad y urgencia, haciéndose cargo del costo político de restringir la circulación, pasó a un decreto insulso de sugerencia y “permiso” para que cada provincia hiciera lo que le pareciera había que hacer. La hipocresía de la política irrumpió de lleno en Neuquén, que ya tenía diseñado todo para actuar bajo el paraguas de aquel DNU. El gobierno de Alberto Fernández se lavó las manos. El costo político deberá ser asumido por cada gobernador, por cada intendente. Todo, haciendo mención a un “federalismo” que en realidad fue avasallado completamente desde que se declaró la emergencia, en marzo del año pasado, y se centralizó el manejo de la cuarentena y demás políticas económico-sanitarias.

Así, el “viernes redondo” político, con ministros paseando en la eficacia neuquina, con visitas anunciadas que se concretarán reforzando la importancia de la plaza política (a fin de mes está previsto que llegue a Neuquén el ministro de Educación, Nicolás Trotta), recibió un mazazo por el lado de la estadística sanitaria. No se pudo lucir la vacunación, que se hizo rápido y en tiempos récord. Tampoco la idea de reactivación de yacimientos y de la economía en general, porque la ominosa sombra del coronavirus volvió a tapar el sol del futuro promisorio de la post pandemia.

No solo en lo sanitario sigue la duda, el contraste entre lo que hay que hacer y lo que políticamente se entiende como lo que conviene hacer. También en lo específico, lo económico, y, en este caso, lo energético, subsisten dudas de fondo. Se habla poco de esto, pues se prefiere empujar para salir del pozo, ver el vaso medio lleno. Pero el tema es, en realidad, ineludible, y el coro sempiterno de quienes están en la otra vereda del oficialismo, se agiganta, voceando datos concretos de una realidad imperfecta.

Hay una gran masa crítica, por ejemplo, con el tema tarifas. ¿Dónde está la coherencia entre tarifas congeladas y precios de hidrocarburos en alza, promovidos por el propio gobierno? Los subsidios, plata del Estado, aumentaron el último año en Argentina casi 100 por ciento, cuando la inflación apenas superó el 35. En dólares, según cálculos de Jorge Lapeña, los subsidios a la energía superan los 5.900 millones de dólares al año. Esos dólares salen de un Estado que no los tiene disponibles, es una bomba de tiempo, una espada de Damocles sobre la cabeza de cada argentino, y de cada neuquino en particular. Porque evidencian una contradicción gigantesca entre el presunto aval a un incremento de la producción de gas y petróleo; y el modo que tiene esa producción de llegar a los consumidores, es decir, de cómo se paga esa producción, y, fundamentalmente, quién la paga.

Así, es curiosa la ambivalencia que soporta el MPN, aunque está acostumbrado a tolerarla. Por un lado, disfruta de la “cercanía” al gobierno de Fernández; por el otro, sufre los efectos de políticas que se deciden sin consulta, bajo el más estricto protocolo de la conveniencia coyuntural. No es que ocurra esto por primera vez, ni tampoco es cierto que los gobiernos del MPN brillen por contraste de las ineficacias o errores nacionales. Más bien hay una realidad de grises bailando una conga infernal de destino incierto, en donde puede jugar más la suerte que la razón o los argumentos.

Y esto es tan preocupante como lo ha sido siempre, con buenos o malos políticos a cargo.

Rubén Boggi

Etiquetas del artículo:
Categorías de los artículos:
Editorial

No se permiten comentarios