El ayuno sindical y el ayuno de la realidad

El desafío más importante de la coyuntura, en el final de un año que ha combinado la peste con la impotencia de la economía argentina, es conseguir retornar a las escuelas, reunir a los alumnos, retomar la educación plena. Aunque parezca mentira, esto todavía no está asegurado. Ni siquiera está seguro en la conciencia plena de gobernantes y gobernados. Tal vez se imagina que el mundo ya no será el mismo, y, por lo tanto, la educación ya no es tan importante. Una flaca conclusión para una humanidad que viene de un siglo con dos guerras mundiales y catástrofes muy superiores a la pandemia de coronavirus, de las que salió, en buena medida, gracias al progreso de la educación y el conocimiento.

En Neuquén, los dirigentes gremiales de los maestros, liderados por el ya veterano de cien batallas, Marcelo Guagliardo, terminaron la semana haciendo un ayuno. Tal medida se cumple en la Casa de Gobierno, se transmite en directo por las redes, se evalúa al ritmo de las adhesiones virtuales. “Habría una marcha de miles si no hubiera pandemia”, se dicen entre sí los dirigentes, a la sombra de un fetiche armado con la cara del gobernador Omar Gutiérrez. El planteo está claro: o hay incremento salarial, o no empezarán las clases, sean estas presenciales o por la dudosa vía de la Internet didáctica argentina, una muestra más de la precaria infraestructura nacional.

El gobierno ha llevado las negociaciones -las que no ve el gran público, la de la intimidad en oficinas o cuartos de casas alquiladas para tales efectos- con los gremios, apoyado en los dirigentes históricos. Con ATE, está Carlos Quintriqueo. Con ATEN, Guagliardo. Se llegó así a la instancia del pago del aguinaldo, que ambos dirigentes comunicaron como un gran logro de la “la lucha” sindical. Es una relación curiosa, aunque no novedosa. Los popes sindicales hacen equilibrio en una delgada cuerda, para sostener la combatividad en la retórica y la “paz social” que les requiere el gobierno. Su pelea más dura es hacia adentro de sus propias organizaciones. Allí, los sectores opositores se hacen un festín pidiendo sangre y combate. Tanto Quintriqueo como Guagliardo han conseguido, hasta ahora, sostener la línea sin perder la negociación.  

La jerga comunicacional se mantiene pese a la singularidad del año, en donde no hay más épica que la que se ha vivido en los hospitales. La gran masa de empleados públicos, incluidos los docentes, ha sobrevivido desde marzo en una especie de raro limbo, únicos exponentes del mundo laboral con trabajo asegurado y remuneración garantizada, aunque a expensas de resignar las actualizaciones trimestrales, fundamentadas en el alza del costo de vida medida por el INDEC. Esto tiene un plazo: es este año. Para los docentes, particularmente, es el tiempo de presionar, pues la fecha del 3 de marzo funciona como una espada de Damocles para el gobierno más que para los sindicatos. Por eso, ni siquiera han dado quórum en el Consejo Provincial de Educación. Juegan al límite sin más trámite que un ayuno mediático, sin necesidad de tumultuosas manifestaciones, sin correr más riesgo que quedarse sin conexión a internet: saben que hay una gran presión desde la comunidad para retomar la función elemental, esencial y casi olvidada de tener escuelas abiertas, sin candados en sus portones de ingreso, con los patios limpios de maleza, con porteros, y maestros, y, fundamentalmente, alumnos.

El gobierno de Omar Gutiérrez concedió el aguinaldo en un solo pago. Será el 19 de este mes. Le seguirán otras novedades salariales, de seguro. Todavía, no se quiere decir desde el Ejecutivo cuál es el plan. En los gremios, hablan sin pudor de “cualquier cosa que se le pueda arrancar, en un año con caída de regalías y de recursos”. Es decir: hay conciencia de que la economía se derrumbó, pero, al mismo tiempo, hay seguridad conceptual de que al mundo estatal solo le importa su ombligo: “cualquier dinero que ingrese a la provincia por encima de lo que ha entrado este año de mierda, debe ir a los bolsillos de los trabajadores”, dicen, con espíritu proletario inflamado, los sindicalistas.

El contexto se sabe, todo el mundo lo conoce. Hay una pobreza récord, que la UCA estima en 44,2 por ciento, pero admitiendo al mismo tiempo que es mucho mayor, pues se cuentan en ese porcentaje los planes sociales excepcionales de la pandemia. No tiene sentido desagregar a la población que cobra subsidios del Estado y concluir que no son pobres, cuando precisamente se les da el subsidio porque son pobres. El contexto, pues, está claro: en el mundo real, el mundo por fuera de las almibaradas paredes estatales, el ayuno no es voluntario, sino forzoso. En Neuquén lastiman las imágenes de gente buscando comida en los prolijos contenedores de la basura capitalina. Esa gente no va con un cartelito a protestar a la Casa de Gobierno: está demasiado ocupada buscando cómo sobrevivir.

Rubén Boggi

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