El precio de mi vida es 8 centavos

Muchos no lo saben, pero el país les pone precio a sus ciudadanos. El mío fue de 8 centavos. Casi nada, una bicoca. Aún así, tan insignificante, la suma alcanzó para trabar el trámite de la jubilación. Esos ocho centavos fueron suficientes para frenar mis más de 40 años de aportes al sistema, al Estado, a la causa común, a esa entelequia que denominamos “Patria”.

“Pasa frecuentemente”, dijo la contadora. Y calificó tal costumbre: “es increíble”.

Fue ahí que decidí, en medio de una depresión profunda, como hacía mucho no sentía, escribir una nota que hablara de mí. Algo que los periodistas generalmente no hacemos. Ante la evidencia de que mi caso no era único, sino, increíblemente (le copio el calificativo a la contadora, pues no hay nadie más objetivo que una contadora) compartido por muchos conciudadanos.

El “sistema” que administra las jubilaciones en mi país detecta pequeños errores en aportes, generalmente producidos por intereses, aplicados cuando no se paga en el vencimiento exacto. En mi caso, en los 40 años de aportes computados, se detectaron esas diferencias en algunos meses de mi frondoso prontuario. Sumaron, exactamente, 8 centavos.

Cuando hice el trámite para acceder a la jubilación, la empleada de ANSES que me atendió me avisó: “hay 8 centavos de diferencia… ¿los paga o lo hacemos pasar como bagatela?”

Le pregunté qué era la “bagatela”, y me explicó que el sistema podía pasar la suma adeudada, cuando era así, insignificante, a un recoveco creado especialmente para condonar esas diferencias y darlas por pagadas.

Le dije, entonces, que me acogía a los beneficios de la “bagatela”, pues me parecía ridículo pagar 8 centavos, teniendo en cuenta que podían descontarlos de los pagos que yo, como jubilado en trámite, tendría que recibir hasta mi muerte; o de mis propios y actuales aportes, porque, en mi país, cuando uno sigue trabajando -como es mi caso- debe seguir haciendo los aportes al sistema, aún cuando uno mismo sea jubilado, pasivo, retirado, perteneciente a ese curioso sector de la población que vive en las noticias y en la noción de la injusticia permanente.

El trámite siguió, pues, y pasaron ocho meses.

Hace un par de días, me permití tender algunos lazos para averiguar por qué tanta demora. Y recibí la notificación de que debía pagar esos 8 centavos, porque para el sistema no era posible incluirlo en el rubro “bagatela”.

La certeza de que se me negaba la jubilación por 8 centavos, fue, para mí, aplastante. Me deprimí. Logré hacer el trámite bancario, pagar esa suma por internet, enviar el recibo a la funcionaria de ANSES.

Después de eso, empecé a llorar.

No lloré cuando murió mi hermana, no lloré cuando murieron mis padres. Ninguna, de las muchas desgracias de mi vida, lograron que yo llorara.

Y lloré, sin embargo, al sentirme traicionado por mi país. El país en el que siempre he vivido. El país que amo.

Es muy duro sentir la traición, es muy duro sentir la vergüenza de ser humillado.

Es muy duro que el precio de mi vida sea 8 centavos.

Rubén Boggi

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