Se retoma la épica de obras, para reencauzar al MPN

Nadie se hace cargo de un fracaso, y la política argentina, menos. La pandemia, el coronavirus, la obsesión estadística de contagios y muertes, ha pasado en esta última semana a un segundo plano. No es porque se haya producido algún hecho sanitario destacable, sino porque se ha acrecentado la convicción de que ha habido, cuanto menos, una gigantesca equivocación de políticas, rumbos y medidas. La pandemia, mientras tanto, sigue, y seguirá por un tiempo todavía indeterminado. Pero la obsesión política, de terminar usándola como una herramienta con otros fines, ha dado un paso al costado.

Ha sido, entre otras cosas, porque el inestable y mediocre liderazgo político argentino se ha dado con la piedra en los dientes. Buscó en la pandemia un factor para acrecentar capital propio. Pero el fracaso no construye en el cuartel propio, sino en el de la oposición. Por lo tanto, ahí va, la pandemia, rumbo a un nivel más discreto de la agenda promovida por los oficialismos. Hacia ese lugar con poca luz lo terminó de arrojar la increíble acrobacia estadística de la provincia de Buenos Aires, que cargó más de 3.500 muertos a la lista, de un solo plumazo retocador. Una demostración del nivel impúdico de manejo de la crisis que ha habido en la Argentina; y una ratificación de que las estadísticas no son el fuerte de las administraciones peronistas.

En Neuquén, también se ha corrido el énfasis de lo sanitario, para volver al terreno más amable de obras y realizaciones, y poder así reencontrar una épica que parece imprescindible para gobernar. El MPN conducido por Omar Gutiérrez lo necesitaba como el pez necesita el agua, porque estaba ahogándose en un desierto que no le complace para nada transitar, el de las frustraciones. Sacó a relucir, el gobernador, las obras en marcha. El parque eólico, ya inaugurado y en producción de electricidad; la vuelta al trabajo en el eterno puente en construcción, el de La Rinconada, que se concretará este lunes, después de un nuevo y enésimo paro por falta de pago. En el municipio capitalino, no le va en saga el intendente y socio coyuntural en la estructura visible de conducción, Mariano Gaido, que se despachó con un renovado énfasis en la presentación del desarrollo estratégico de la zona de bardas del oeste capitalino, con obras en las que se aplicará una inversión de aproximadamente 600 millones de pesos.

Así, la pandemia comenzó a utilizarse como factor de contraste. Las frases son simples, y efectivas, según el criterio de comunicación oficialista: “pese a la pandemia” logramos hacer tal o cual cosa. El tono épico se consigue con relativa facilidad, sin entrar en detalles. Pero, detrás de esta presentación, de este recorte de la realidad, subyacen condiciones inquietantes en el contexto. La mayoría pertenece al rubro económico y social, y están anclados -para utilizar un término en boga- con la situación de quebranto estatal ante la caída de recursos y el aumento de los gastos. A esa situación, objetiva e innegable, se le suma el quebranto privado, con hotelería y otros rubros vinculados al turismo en primer lugar, seguidos por el comercio en general. Es decir, la actividad de servicios, la más grande después del petróleo y el propio Estado, está en serios problemas porque padece la muy seria seguidilla de restricciones decididas para “frenar la expansión del virus”. Ahora, se paga una consecuencia tal vez ineludible. Y la expansión del virus no se frenó.

El velo sanitario que cubrió a la sociedad, desplegado con gran dosis de autoritarismo favorecido por la enclenque noción democrática argentina, ha cubierto también el gran desastre del año, que es el educativo. Ya venía mal esto, sin pandemia. Con la puesta en marcha de la cuarentena, que fue un par de semanas después del comienzo de las clases, éstas quedaron interrumpidas. El consenso de la dirigencia política y gremial fue anteponer lo sanitario a lo educativo, logrando de esa manera que fuera una cosa o la otra, jamás una posible complementación entre ambas. La argumentación bajada desde el Ministerio nacional -que recuperó un poder que había perdido en tiempos normales- fue que no se iba a dar un paso sin la venia sanitaria, que otorgara seguridades imprescindibles. Se dijo, en concreto y sin ponerse colorado, que las clases en las escuelas del país no eran -ni son, todavía- una prioridad. Se maquilló todo con una asistencia virtual que ha sido despareja, desigual y con escaso control sistemático. Se distribuyeron cuadernillos que redujeron la educación a lo mínimo, vital e inmóvil. Es altamente probable que el año se termine así, sin más trámite que darlo por aprobado para millones de niños, adolescentes y jóvenes argentinos que tendrán un hueco en sus vidas, con número de año emblemático: 2020.

Esta situación ha sembrado un germen que puede ser potencialmente enriquecedor, o altamente destructivo. Tanto lo uno como lo otro es posible. Es el germen del descreimiento, la desconfianza, y la desobediencia civil.

¿Sabrán, quienes están a cargo de la responsabilidad de gobernar, qué hacer en semejante escenario?

Rubén Boggi

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