El fin de la cuarentena, el despertar de la realidad

Las primeras consecuencias de los errores tremendos en la aplicación racional y civilizada de una cuarentena antivirus, que anticipábamos la semana pasada, comenzaron a evidenciarse con fuerza dramática. Un caso, un caso singular, golpeó con fuerza en la sensibilidad popular, y está llamado a derribar ese muro de autoritarismo berreta que, sin necesidad alguna, construyó un país acostumbrado a los excesos. Fue el de la muerte, por cáncer, de Solange Muse, una chica neuquina que pasó sus últimos días en Córdoba; y la imposibilidad de verla, y estar con ella para despedirse, de su padre, ciudadano de Plottier, Pablo Muse.

El impacto político ha sido grande. No será necesario escribir nombres y apellidos, para entender rápidamente que ha pasado lo que tantas veces sucedió en la historia: una situación que genera conflictos, acumula tensiones, y sucede de pronto algo, un hecho a veces mínimo, que hubiera pasado como intrascendente en cualquier otra circunstancia, y ese hecho, basta para precipitar lo que se venía acumulando. La cuarentena, tal como fue concebida inicialmente, ha terminado. No la peste, que sigue. Pero la gente ya dio su veredicto: cuidarse del virus, pero sin entregar a cambio derechos que se pudieron conseguir a costa de siglos, sangre, batallas, sufrimiento, torturas, dolores. El más preciado de ellos: la libertad individual.

La muerte de Solange, y la última pantomima del establishment, permitir el viaje del padre cuando ya estaba ella muerta, tiene más fuerza que la polémica marcha o banderazo del 17 de agosto. Es un hecho definitivo. No hay vuelta atrás posible. Los políticos más avispados ya anotaron esto en la libretita de las decisiones. Las restricciones se venían desmoronando, y ahora han quedado sepultadas bajo la tristeza, el dolor, y la indignación de las personas. Sin distinciones partidarias. Sin ideologías que diferencien y agrieten. Es el peso del sentido común, de lo esencial sobre lo superfluo. La sociedad vio la trampa, el naipe escondido en la manga del fullero. No se puede restringir la libertad por decretos municipales, por papeles truchos que no pasan por la decisión del Congreso. No se puede cambiar un derecho sin la venia de los representantes que ha elegido el pueblo.

En el gobierno neuquino se ha tomado nota de la reacción popular sobre el caso Solange. El gobernador Omar Gutiérrez dista de estar tranquilo con el tema pandemia y cuarentena. Esto lo saben sus colaboradores, ya acostumbrados a recibir llamados a deshora, con alguna inquietud, o simplemente para hacer un poco de catarsis. El gobierno neuquino seguirá flexibilizando, a ritmo acelerado. Y se buscará promover una serie de temas que ocupen plenamente la agenda más sensible, esa que tiene que ver, más que con el propio gobierno, con los gobernados. Es decir, con los ciudadanos de la provincia.

En medio de esta profunda sensibilidad social, que combina cuestiones de salud pública con la inseguridad, la escalada delictiva del narcotráfico, y la angustia económica de constatar cómo la pandemia-cuarentena ha impactado en los bolsillos de todos, y especialmente, en el de los más pobres, en medio de esta híper-sensibilidad plenamente justificada, asoma como dato de la política el sorpresivo nombramiento de Darío Martínez como secretario de Energía de la Nación.

¿Es importante para el gobierno neuquino, que haya en ese cargo un ciudadano de la provincia? Generalmente, nada tiene que ver el lugar de residencia de un político con el resultado o los resultados de la gestión que emprende. Pero, en el caso de Martínez, hay cuestiones que vale la pena destacar. El ahora funcionario del gobierno de Alberto Fernández ha sido uno de los referentes más constantes en discutir el padrinazgo eterno de Oscar Parrilli sobre el peronismo neuquino. En ese rol, no ha esquivado a las relaciones de conveniencia con el MPN. En la cuestión energética propiamente dicha, Martínez tiene y reconoce referentes dentro del partido provincial, con experiencia y sapiencia en el asunto. El principal de esos referentes es, sin duda, el ex gobernador Jorge Sapag.

Habrá que seguir con atención los próximos movimientos. Por ahora, la cuestión energética, y singularmente, Vaca Muerta, está en un momento de inflexión, que presenta en su portada la dura negociación por la cuestión práctica de cómo reactivar, y conjugar al mismo tiempo la situación de miles de trabajadores del sector, que permanecen suspendidos y pendiendo de un hilo en cuanto a su estabilidad laboral. Esa puja enfrenta centralmente a YPF -con el gobierno agazapado detrás- con el sindicato petrolero que conducen Guillermo Pereyra y Marcelo Rucci. Para el jueves hay declarado un paro. Desde el sindicato vaticinaban que sería duro. En estos días se verá si Darío Martínez, en su debut en el cargo, se introduce en escena con alguna mediación, con gente que conoce, con mayor cercanía que cualquiera de sus antecesores.

Con la cuarentena sepultada ya, más allá de los amagues que todavía se verán, la realidad desnuda y cruel asomará su nariz por encima del velo. El barbijo de la pandemia se correrá. La salud sin tapujos, la inseguridad, y la economía, ocuparán el centro total de la escena.

Rubén Boggi

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