La inseguridad ha florecido en la pandemia

Tal vez alguien diga que la culpa la tiene el periodismo, o los periodistas. No hay que descartar esa posibilidad, a la que el poder político recurre asiduamente. Pero, digan lo que digan y opinen lo que opinen, hay un hecho de impresionante rigurosidad objetiva, un hecho que se desprende de la realidad, de la constatación de esa realidad: mientras todo el país se hundía en la cuarentena eterna, por la pandemia de coronavirus, quedó en evidencia la tremenda inseguridad. En algunos lugares más, en otros, menos. Pero en todo el territorio nacional se evidenció lo precario, lo inestable, lo frágil de la estructura argentina. De ese caldo inenarrable surge la inseguridad como una de sus consecuencias. En Neuquén, también.

Aquí, en este territorio con futuro de Vaca Muerta y presente de problemas y carencias, el caso de Miguel Sisterna ha impactado fuerte. No es un caso más, porque ha sido llamado por el destino para testimoniar lo que miles de personas sienten, lo que se ha naturalizado pese a que no debía. El taxista Miguel Sisterna, con una bala en el cerebro, tuvo que perder todo para que ese llamado de atención, que estaba soterrado, oculto por otras circunstancias de la primera plana de la realidad mediática, surgiera y detonara, en la cara de todos, ante las narices de todos, en los ojos mismos de todos y cada uno de los habitantes de ese conglomerado difuso al que llamamos Poder.

Miguel Sisterna recibió un balazo que no era para él. La bala, de grueso calibre, entró por la zona del ojo, dañó el oído, y terminó incrustada en la parte posterior del cráneo. Ese proyectil hizo un daño que es irreversible. El momento fue grabado, se ha publicado el vídeo en donde se observa cómo el lugar del trágico hecho estaba lleno de gente, de chicos que corrieron ante el estruendo de los disparos. No fue una escena excepcional, única. No. Al contrario, ocurren cosas parecidas todos los días, mientras se habla de cualquier cosa y se comentan otros temas, tal vez más banales, fútiles, prescindibles. El pasajero que llevaba en su taxi la víctima, se baja, da la vuelta para ayudarlo. Sisterna, ya con la bala en el cerebro, tal vez nunca sabrá por qué su pie apretó el acelerador, para que el auto recorriera esos últimos metros, con su chofer ya sin conciencia.

Esta situación ha sido ya vista y comentada por una mayoría de miles de neuquinos. No se podrá ocultar, ni disfrazar, ni siquiera conducir con alguna intención determinada. Mientras la tilinguería se arranca mechones de cabellos desgreñados por la larga cuarentena y las pocas peluquerías, con historias de fiscales que tratan mal a mujeres, reformas judiciales hechas en el nombre de la santidad pero con olor a azufre, la realidad es esta. Es Sisterna con la cabeza caída sobre sus hombros, con su sangre cayendo lentamente, con sus compañeros mascullando nuevamente la impotencia de no conseguir la paz suficiente para trabajar, para vivir, para progresar.

Han pasado ya muchas horas desde el hecho, cuando escribo estas palabras. Las escribo desde el dolor de la plena conciencia de que hay amplias zonas de la capital neuquina sumergidas en el temblor permanente del miedo. Zonas manejadas por el narcotráfico, por la delincuencia asociada, y la complicidad necesaria desde esferas poderosas. Las escribo porque llega un momento, en la vida de toda persona, en el que hay que decir basta. Mucho más si se vive en el reino de la impunidad disfrazada, maquillada por la pátina que regalan los presupuestos abultados y los negocios concomitantes.

Neuquén, en crisis económica y financiera como consecuencia de la pandemia, la cuarentena y la fragilidad estructural del país que la contiene, deberá replantear sus prioridades. No es solo administrar el Tesoro. No es solo atender a la contención de los empleados estatales, las Pymes subsidiadas y dependientes. No es solo hacer malabares dialécticos para encajar con cualquier gobierno nacional y hacer producir la teta de la vaca muerta, para exprimir a fondo esa leche oscura y perversa que deviene en dólares culposos.

En el primer lugar de las prioridades reformuladas deberán estar las personas. Todas las personas que habitan este suelo, como dice la Constitución. Se les deberá garantizar seguridad y justicia. Porque no hay puchero, no hay limosna que llegue a esas barriadas, que sirva para algo, si no hay seguridad, si no hay justicia.

Rubén Boggi

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