La peste, el poderoso caballero, y el dilema neuquino

¿Cuál es el plan? No hay. Como suele suceder cuando, por una razón u otra, hay una crisis golpeando fuerte, los planes desaparecen como mariposas en el aire pesado y bochornoso de algún clima tropical. En esas ocasiones, el único plan que suele aplicarse en Neuquén es aguantar y aguantar hasta que la crisis termine, o se empiece a ver el final, allá por el horizonte. Entonces, se retoman los planes, que son, básicamente, siempre los mismos.

El gobernador, Omar Gutiérrez, dicen, “está gestionando en todos los rincones posibles”. ¿Gestionando qué? Recursos. Porque el plan de la urgencia es buscar plata, dinero, vil metal, el “poderoso caballero” de Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos. “Hay que pelear peso por peso”, dicen en la Gobernación, respecto del Estado nacional. Se tienen fe en la Casa de los Viejos Torreones, porque la relación entre el presidente Alberto Fernández y el gobernador, es buena, se vio robustecida, fortalecida, tras el paso del primer mandatario por Villa la Angostura.

Lo que ha pasado es que la naturaleza impone condiciones sobre las intenciones de los seres humanos. Justo después de aquel espaldarazo, que habilitaba un sendero fructífero a recorrer, empezó a golpear lo más duro de la pandemia en Argentina. En el país, en Buenos Aires; en Neuquén, en su capital. El virus se reproduce más rápido en los lugares más densamente poblados, distinguidos, sin excepción, por los bolsones de precariedad, la desigualdad flagrante. Por lo tanto, todo ha quedado postergado por imperio de la necesidad urgente. Los dos motores de Neuquén siguen apagados: el petróleo y el turismo. No se pondrán en marcha rápido, pero lo peor no es eso, sino que no sabe cuándo empezarán a mover al resto de la maquinaria a partir de su arranque.

Así que, por ahora, la cuestión es frenar el brote fuerte de coronavirus, mantener viva la obra pública, y rezar para que se pueda ir abriendo la economía, que está cada vez más chiquita, en estado de exasperante y lenta muerte por inanición. La obra pública, se hace con “el peso a peso” que se pelea desde el Estado nacional, y lo comprometido desde los organismos crediticios internacionales. Lo demás es juntar los mangos para pagar sueldos y mantener el funcionamiento estatal. Primero, el del sistema de Salud, puesto a una prueba exigente y despiadada.

El aumento de casos de contagios se esperaba, pero no en la magnitud que tuvo. Se ha constatado que, cuando se dan los casos de “contactos estrechos” que la ciencia desaconseja como primera prevención, el virus se esparce a una velocidad impresionante. Neuquén ha disimulado bastante bien la tendencia general a volver al feudalismo y amurallar a las ciudades para que “el enemigo” no pueda entrar. Pero esa tendencia está, aunque sea, infortunadamente, poco lógica, poco científica. Las restricciones en los ingresos a la capital son una muestra. Desde que empezaron hasta ahora, ya más de 90 días, nunca se registró un caso sospechoso en esos controles de ingreso. Su propósito es, apenas, limitar la circulación. El contagio viene por otro lado. Corre por los laberintos de las conductas humanas. Esas que combinan cumpleaños, casamientos, asados inevitables en su poder tentador supremo, con el también inexorable contacto entre personas. Desde esas ocasiones nacieron todos los brotes registrados. Casi siempre hubo un policía. Casi siempre, un agente de salud relacionado. Así pasó en Las Perlas, con un comisario de Roca; así pasó en el policlínico ADOS. Fueron los iniciadores de una cadena de contagios que produjo enfermos y muertos.

El gobierno pasó, entonces, del discurso optimista a uno más didáctico e incluso contradictorio con conductas anteriores. Del “codo a codo” que se había promovido como opción al saludo del abrazo o del estrecharse las manos, se pasó al saludo a distancia. Pero el mundo sigue andando, la política también, y la economía exige. Mucho más si se pretenden plantar banderas en medio de esta peste desastrosa. Lo de Vicentín, a nivel nacional, fue una de esas banderas que se intuyen equivocadas. Por ahora, corre la misma suerte que aquella otra iniciativa por el lado del campo, que terminó condenada por el voto no positivo de aquel vicepresidente, Cobos, que se transformó en el demonio para Cristina Fernández. Todo venía más o menos tranquilo, y Vicentín enardeció a las fieras. El “banderazo” que se hizo este sábado fue una muestra de oposición que la oposición capitaliza, más allá de su mayor o menor magnitud. Si hasta en Neuquén se hizo sentir la protesta, una ciudad tan lejos del campo como Houston en Texas está lejos de los cowboys y los rodeos. El gobierno neuquino se ha mantenido al margen total del episodio Vicentín, pero el MPN no, el MPN opinó, vía Jorge Sapag. Fue inteligente: sin oponerse, marcó diferencias y aprovechó para lucir las heridas que el kirchnerismo local pretende asestarle cada tanto al poder vernáculo.

Está muy claro, como un cielo diáfano de la Patagonia en esos días incomparables, que salir de la cuarentena se ha transformado en un problema cada vez más grande. La economía urge, incluso para sostener las medidas sanitarias. No se puede combatir una peste sin recursos económicos, y mucho menos, fabricando billetes y extendiendo ad infinitum la negociación con los acreedores. Por eso, en Neuquén está muy claro esto para el gobierno del MPN. La peste exige, pero no olvida el MPN que necesita dinero… y no tiene una maquinita como la que usa Fernández. En fin. Ya lo decía Quevedo: “Más valen en cualquier tierra/ (Mirad si es harto sagaz) / Sus escudos en la paz/ Que rodelas en la guerra. / Pues al natural destierra / Y hace propio al forastero, / Poderoso caballero / Es don Dinero”.

Rubén Boggi

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