La puerta de chapa

Cuando fui adolescente, mi casa tenía una sola puerta de acceso. Se ingresaba por ella al zaguán que conducía a un patio, y por él se entraba a nuestra vivienda por la única puerta de chapa.

A continuación, más atrás, estaba la casa de los vecinos: Mecha y Felipe con sus pequeños hijos. Ambas familias compartíamos el patio enorme que tenía salida por la calle del costado y además, usábamos el mismo baño ubicado en las afueras del patio.

Muchas imágenes aparecen en mi memoria cuando recuerdo esa casa de calle Catamarca entre Bernal y Quilmes. Sin embargo, hay una que ocupa parte importante de esos recuerdos, y es: ¡la puerta de entrada! Tenía una cortina de retazos de plástico que permitía cierta privacidad. La puerta era de chapa con un «pestillo» para cerrarla por la noche, que la hacía más segura (según la fantasía de mis padres en materia de seguridad). Cuando hacía frío había que cerrarla, y su fragilidad hacía que se golpeara cada vez que se procedía a hacerlo. Pum», Pum! y el grito de mi madre: ¡despacio con esa puerta que la van a romper! Mi padre, miraba confiado sabía que sería imposible: era chapa dura, dura de verdad.

Cuando mi hermano llegaba a altas horas de la madrugada del club Quilmes, después de gloriosos bailes sabatinos, intentaba pasar desapercibido: imposible: la puerta chirriaba al solo tocarla como denunciando la llegada tarde y no tan lúcido como había partido horas antes: «¡esta puerta de mierda»!, decía, y pensaba la mejor manera de hacerla desaparecer del mapa.

Los fines de semana eran de trabajo casero: limpieza de pisos, lustramuebles, ropa en lavado, planchado, el patio «baldeado» entre ambas familias, y ¡trapear la puerta de chapa! para que se notara que estaba pintada de algún color. Lo que molestaba para higienizar, era la cortina: tira por tira con trapo agua y jabón.

Al atardecer, mis padres se sentaban a matear en el patio frente a la puerta, la miraban extasiados: ¡estaba tan limpia que daba gusto verla!

Yo entraba y salía con urgencia: de la casa de mis amigas, que vivían en la esquina, al ropero a buscar el vestido que llevaría al baile del Club Troyano de Bernal. Cada entrada y salida, quedaba enredada en esa maldita cortina de plástico, y nuevamente el grito de mi madre, ¡cuidado que vas a tirar abajo esa cortina! Mi padre, seguía mirando: sabía que ese plástico era de material eterno.

La adolescencia derrumba todos los miedos y se queda con algunos hasta quién sabe cuándo. Mi miedo era cuando debía confesar los amoríos del momento. Entonces, llegaba a la puerta y me quedaba quieta apoyada en el marco, esperando que uno de los dos me preguntara: ¿qué pasa que no entrás? Sabían que venía con algo casi inconfesable: el último chico que me abrazó con el último bolero del momento. Entraba y la mirada de mi padre me habilitaba: entonces era una fiesta de fantasías que ambos disfrutaban en nombre de un amor a estrenar.

¡La puerta de chapa! Recuerdo su color, su resistencia, su orgullo de ser tan frágil y tan dura a la vez, tan generosa a la hora de sentir los nudillos de los golpes de algún vecino que llegaba de visita, tan austera a la hora de cuidar nuestros sueños de la noche. Una puerta, una simple puerta hoy ocupa este espacio en mi cabeza. Será porque una puerta es mucho más que eso: es abierta o cerrada, el paso a la libertad o al encierro, a la aventura o al refugio de la rutina, al otro, al nosotros, a algunos, a todos.

Será porque esa puerta, aún suena en mi corazón cuando hay viento patagónico y en el golpeteo, la voz de mi madre que advierte: ¡la van a romper! y la mirada de mi padre, con la ternura de quien sabe que una puerta de chapa dura no se rompe así nomás.

Hilda López

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