Cuarentena, discurso único y un cacerolazo revelador

Hay un solo discurso político en estos momentos de Neuquén. Es el de la pandemia, y el cumplimiento, en ese contexto, de la cuarentena, o, como se llamó oficialmente, el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio. De todo lo demás, intenta no hablarse. ¿Qué es lo demás? Un universo casi infinito, que constituía la normalidad de las personas. Esa normalidad ha sido desarmada. Y es el costo y la manera de cómo volverá a armarse, lo que, centralmente, la política no está discutiendo puertas afuera.

El gobernador Omar Gutiérrez se reunió en estos últimos días, con la cúpula de la policía provincial. El tema de esa charla fue el sensible “relajamiento” de la cuarentena. Gutiérrez expresó allí su preocupación por la situación, y lo atribuyó a una paradoja: la cuarentena ha demostrado ser exitosa, pero esta misma calificación, percibida por la gente, ha producido un peligroso desviamiento en las conductas sociales, que se pretende sean ejemplares en lo que hace al cuidado sanitario.

“La gente no ve riesgos, y se afloja”, se comentó en la Casa de Gobierno. Circula allí un cuadro, que en la edición de esta nota se reproduce, que coincide con el diagnóstico: se ve como el pico de números de casos se dio en los primeros días del mes, y cómo después hubo una notoria caída. La evaluación que se hace en el gobierno es que la percepción general se focaliza en las poblaciones con más número de casos. En Loncopué, en el ejemplo neuquino; o en Choele Choel y Bariloche, en el caso rionegrino. Por cierto, a Neuquén le preocupa Cipolletti, también con mayor número de casos, dada la comunicación intensa que hay entre esta ciudad y la capital neuquina.

En este contexto, al mismo tiempo que se permite la vuelta de algunas actividades económicas, se reforzarán los controles que hace, centralmente, la policía. Gutiérrez no piensa aplicar restricciones que tengan que ver con días para determinada terminación de documento. Eso quedaría, en todo caso, en la decisión de algún intendente (Mariano Gaido, por ejemplo, esbozó esa posibilidad, aunque todavía no tomó una decisión). Lo que sí el gobierno está seguro de hacer, es retrotraer lo que ahora permite en el caso de que haya algún problema. “Es una prueba, la apertura. Hay que ver cómo sale”, se dice.

Mientras, como la gente sigue viviendo y no se produjo ningún cambio cultural en poco más de un mes, la realidad presiona. Por un lado, el más evidente, el económico. La presión es muy fuerte. Hay 20 mil trabajadores petroleros suspendidos, en sus casas, cobrando (por ahora) el básico pelado. Hay centenares, miles de personas, que comienzan a tener problemas económicos, pues están vinculados a la economía desde la informalidad o desde el monotributo. Y también hay situaciones que explotan. Es lo que pasó en el barrio Canal V, de la capital neuquina.

Hubo una denuncia por maltrato y abuso contra tres niños en una vivienda de ese barrio. La justicia actuó por medio de la fiscalía, se ordenó y cumplió un allanamiento, y se detuvo a la pareja presunta autora de los abusos. Pero la jueza Ana Malvido ordenó liberarla, pues no encontró fundamentada la posibilidad de proceder a una imputación con prisión preventiva. Esa decisión provocó una rebelión vecinal en medio de la cuarentena, muy llamativa. Los vecinos fueron a la plaza del barrio. Con barbijos, y pancartas, y cacerolas. A protestar contra la decisión de la jueza. Están seguros que los abusos se cometieron, y no ven una adecuada respuesta del servicio de Justicia. Antes hubo una acción más violenta, que no llegó a concretarse, pero que tenía la intención de quemar la vivienda del caso. Los chicos fueron puestos a resguardo de otros familiares, y la fiscalía insistirá en la acusación. El caso sirve como ejemplo de que la vida no se suspende por cuarentena. Ni lo bueno, ni lo malo.

Así, a medida que avanza abril, la misma cuarentena se convierte en objeto de la discusión ciudadana. Con o sin políticos. Fue muy evidente, por ejemplo, la controversia que se armó de inmediato cuando el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, ordenó que los mayores de 70 años, en la jurisdicción que él gobierna, tengan que pedir un permiso para salir a la calle. El tema tiene actualidad internacional dispar. En Francia, Emmanuel Macron tuvo que dar marcha atrás con una parte de una iniciativa parecida. En Alemania, Angela Merkel condenó la idea y la consideró un avasallamiento a la libertad individual y una discriminación. Aquí, también sirvió para ir midiendo hasta dónde la ciudadanía aceptará y hasta dónde no.

Por cierto, lo que sucede ya en Argentina, debe revisarse con la Constitución en la mano. Se verá, rápidamente, que no hay decreto que pueda meterse con las libertades y garantías que la Constitución otorga. Solo el Congreso, con la sanción de leyes, puede meterse en ese terreno, no el Poder Ejecutivo, por más que haya una emergencia sanitaria. De seguir esta situación, e incluso, como es posible, de avanzarse todavía más en este terreno, la política deberá comenzar a hacer lo suyo, so pena de entrar, subrepticia pero sostenidamente, en el escabroso terreno del autoritarismo.

Rubén Boggi

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