La playa del fracaso y los destellos de esperanzas perdidas

Ir a la playa es encontrarse con Argentina, siglo 21, año 2020. Esto, que se ve en esa franja de un centenar de metros donde se aglomeran las personas, las sombrillas, las carpitas, el tejo, las paletas y los morochos vendiendo sombreros y anteojos, es el país que nos ha quedado: una mezcla bizarra de fracasos con destellos de esperanza, una combinación de vientres fláccidos, axilas arrugadas, y niños cavando en la humedad, levantando castillos que la marea borrará con la facilidad con la que el tiempo se adueña de vidas y costumbres.

El hotel que da a la costanera conoció mejores tiempos, seguramente, en el siglo pasado. Ahora, el vestíbulo luce cansado y tristón, con olor a humedad que se adivina saliendo del tapiz gastado de las paredes. Al lado de la puerta de entrada hay una Venus de Milo. Su desnudez blanca, sin brazos, contrasta con el rojo de un matafuego de escasa calidad estética que duerme a su lado. Dos muebles de madera labrada gritan historia centenaria en el inútil presente. El piso es de baldosas y la sala donde se sirve el desayuno tiene mesas cubiertas de manteles de hule, una puerta abierta al estacionamiento del fondo, medialunas, tostaditas Canale, mermelada ignota, manteca envasada en paquetitos mínimos y un dulce de leche exhumando grasa vacuna, con promesa de colesterol y ataque al hígado.

Cola para consumir un cono de papas fritas, el hit del verano gasolero argentino.

De las tres estrellas del hotel modelo siglo 21, dos le sobran seguro, dos se han extinguido en la noche aciaga de las crisis argentinas. Está, no obstante, lleno, con una fauna de parejas jóvenes con niños gritones y arenosos, veteranas que han salido de vacaciones en grupo, y algunos muchachones que no se ven nunca, más que en un retorno fugaz de la playa. La rutina es clara y compartida: desayuno entre las 8 y las 10, arena y mar, retorno, siesta eventual, vuelta a la playa, baño, salida a caminar por la peatonal.

-Sabe qué pasa: acá la temporada dura un poco más de dos meses. En ese tiempo, todos quieren salvar el año. Después, la villa se cierra. Quedan dos o tres comercios, algún hotel abierto. Y nada…son pocos los que se salvan-

– El puerto no nos sirve: la guita se la lleva Provincia, no queda nada acá. Fuera de temporada, queda el casco viejo, los que viven del Estado, o del comercio, o de las cosechas del campo. Los pibes se van a estudiar afuera, y no vuelven. Está complicada la mano-

– Le digo que sé de lo que hablo. Yo tuve negocios acá, un boliche, un restaurante. Después me fundí, y ahora manejo este taxi. Estoy en baja…qué le vamos a hacer. De acá salimos solo si ponemos un poco todos, si resignamos algo. No puede ser que el alquiler de un local salga 200 mil pesos. ¿Vio cuántos locales cerrados hay? La guita no alcanza, y la gente consume poco. Vamos a ver qué hace este gobierno…-

La peatonal tiene dos calles y unas pocas cuadras en las que se amontonan, como en la playa, pero de noche, los turistas de la época, mitad desencanto, mitad esperanza. La estrella de la temporada es un gran cono de cartón lleno de papas fritas, salsas, huevos y demás ingredientes que no pasarían un examen riguroso de la Organización Mundial de la Salud. Cuesta 50 pesos, se vende en un local mínimo con dos grandes freidoras, atendido por un trío de niñas transpiradas, proletarias de la gran desesperación argentina. Es el único lugar donde hay cola. Todos quieren su gran cono de cartón, lleno de esperanza consumista. El aroma a papas fritas condimentadas y aliñadas se confunde con las chacareras, cantadas y bailadas por un entusiasta trío de profesores de música, y dos parejas ocasionales, que demuestran haber pasado por una academia de danzas nativas. Más allá, un solitario guitarrista puntea con exceso de notas unos tangos. A pocos metros, una banda de atorrantes veinteañeros hace payasadas con cuentos poco apropiados para una peatonal abierta: la multitud se abalanza sobre el impúdico grupo, papas fritas en ristre.

La noche de la peatonal es la noche de los espectáculos a la gorra. Hay un mini circo, otro cirquito de uno solo más allá, con un gordito vestido a rayas que se la pasa subido a una soga en la que hace equilibrio y malabares. Una maga para chicos hace trucos previsibles para niños con destino adivinable. La plaza divide por la mitad estos espectáculos baratos, y la feria de artesanos con la presuntuosa bijouterie de los hijos y nietos de los hippies de los ’60 del siglo pasado. De pronto, una batahola se levanta desde el centro del paseo: hay ruido a una botella que se rompe, y dos tipos entrelazan sus cuerpos en una feroz pelea. Las puteadas salen del revoltijo, entrecortadas por gruñidos y quejidos sudorosos. La plaza queda congelada, los chicos abren grandes los ojos. Algunos acuden a tratar de separar esos cuerpos mojados de violencia. Se escucha uno que le grita al otro, “devolveme la billetera, hijo de puta”. El dueño del mini circo pide por sonido amplificado que venga la policía. Los guerreros tienen entre 20 y 30 años y están llenos de moretones. La policía llega al rato. Los uniformes rodean al que recién recuperó la billetera. “Yo no soy, a mí me robaron, no me agarren a mí”, se queja, entre lágrimas. De las carpas de los artesanos vienen testigos a corroborar la declaración. La policía, increíblemente, también ha detenido al otro, un morocho bajito con casaca de fútbol de la B o de la C, a rayas amarillas y negras. La gente pierde rápidamente el interés, y los espectáculos vuelven a su rutina.

El casino, un monumento a las crisis argentina.

A unas pocas cuadras, hay un monumento a las crisis argentinas. Es una ruina que antes fue un casino, ese casino con el auditorio más bonito que haya hecho nunca un arquitecto argentino. Está cerrado: Argentina es un país en donde se funden hasta los casinos. La gran nave del auditorio en el que brillaron otrora grandes espectáculos, luce deteriorada y agonizante. Los vidrios están rotos y un olor a pestes diversas emerge del complejo. La gente no pasa por allí. El lugar ha quedado afuera del circuito más intenso. Una cuadra hacia el norte, empieza la costanera. Allí hay ofertas de comidas baratas: un pollo entero con papas y ensaladas cuesta 500 pesos. Comprar agua para el mate en la playa cotiza a 20 pesos el termo. Una carpa, refugio para el sol impiadoso, cuesta 1.400 pesos por día. Todos hacen descuento por pago al contado, con los efímeros billetes de la fauna de Mauricio Macri, que pronto desaparecerán. Todos intentan trabajar lo más en negro posible. En cada esquina de la peatonal, hay un arbolito. Su letanía de “cambio…cambio…” acompaña otra vuelta de tuerca del gran escenario nacional.

El mar, por otra parte, sigue allí. No ha cambiado mucho.

Rubén Boggi

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