En cinco minutos, Flamengo lo dio vuelta y se quedó con la Libertadores

Todo el partido fue de River, menos el final. Fue allí, en ese último tramo, cuando Flamengo, que había jugado dificultosamente, entorpecido por el afán y la entrega del equipo argentino, definió con dos goles de su goleador, Gabriel Barbosa: el primero, el del empate, empujando la pelota a un metro de la línea; el segundo, con un estupendo disparo de zurda, tras el primer, único error, de la dupla de centrales del millonario.

River, hay que decirlo, fue mejor durante todo el partido. Pero bastan minutos para cambiar la suerte, minutos para definir el destino. Esos minutos trascendentales fueron para Flamengo, que había mejorado con la entrada de Diego, pero que solo pudo perforar la línea defensiva en esas dos jugadas, que fueron los dos goles que le permitieron llevarse la copa del Estadio de Lima.

El gol de Borré había puesto tempranamente al equipo de Gallado en ventaja. Jugó con claridad y superioridad todo el primer tiempo, y en el segundo, también. Pero, bastó un error de Lucas Pratto, quien perdió la pelota por enredarse cuando River atacaba, y de allí salió el empate brasileño, con una enorme jugada de Bruno Enrique.

Fue en el minuto 43. Dos minutos más tarde, en el 45, llegó el segundo, cuando una pelota larga confundió a Martínez Quarta y a Pinola, y Gabigol, como le dicen, aprovechó para meter el zurdazo que venció a Armani y que consiguió la copa para Flamengo, después de tantos años y tantos deseos y tantos millones invertidos.

Esto último es lo que quedará en la historia seguramente. Es probable que nadie se acuerde de cómo jugó River esa final, de lo bien que jugó, y de cómo igual la perdió, y de cómo se comprobó, una vez más, que en el fútbol mandan los goles.

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