La caída de las opciones, y el entusiasmo peronista

Estamos meados por un dinosaurio, fue la expresión, traductora del momento que atraviesa Juntos por el Cambio en Neuquén, a una semana de las elecciones nacionales. La pronunció, en la intimidad, uno de los referentes del sector político, cuando apenas habían pasado unas horas de conocerse que Guillermo Monzani, el flamante intendente de la capital, había sido internado e intervenido quirúrgicamente en la clínica Pasteur.

Monzani había asumido el jueves, horas antes de su crisis de salud, provocada por una infección en el bazo. Su asunción, recordemos, fue obligada por la muerte de Horacio Quiroga. En solo una semana, el sector político que gobernó la ciudad durante 20 años, sufrió el peor golpe de su historia, al perder a su principal dirigente, dueño de un capital de votos propios. Así, no solo se quedó Neuquén sin el intendente que había gobernado cuatro períodos, sino que también se quedó Juntos por el Cambio sin el candidato a senador. Lo que vino después, fue solo una prueba contundente de la mediocridad de la política argentina.

Primero, la candidata que acompañó a Quiroga en la fórmula, la emepenista Lucila Crexell, se rebeló contra la interpretación que hizo la jueza electoral, Carolina Pandolfi, de suplantar a Quiroga por Pablo Cervi y dejar a éste en el primer lugar en la lista. Según Crexell, había que correr a los candidatos, sin lesionar la representación de género, y dejarla a ella como primera candidata al Senado. La jueza no conoce la Ley, sostuvo la actual senadora. Los dirigentes locales de Juntos por el Cambio avalaron lo dispuesto por la jueza, y, en los hechos, tal como están las cosas, el sector ha perdido los dos candidatos: uno por fallecimiento, la otra por decepción anticipada.

Segundo, la justicia avaló el hecho de que Juntos por el Cambio conservara la boleta tal cual había sido impresa. Por ende, los votantes encontrarán en el cuarto oscuro la boleta con la fórmula al Senado de Quiroga-Crexell. Es la primera vez en la historia neuquina que se votará a un muerto. El dislate, impresionante, pasó casi con naturalidad, a tal punto, parece ser, los argentinos se han acostumbrado al subdesarrollo, que se justifica en razones de tiempo y dinero una anomalía semejante. Por muchos menos, se han anulado votos antes.

Más allá de lo que pase el domingo 27 -es cada vez más posible que el MPN, con Guillermo Pereyra, pueda retener la banca y la representación en la Cámara– el impacto de la muerte de Quiroga, la enfermedad de Monzani, y la incertidumbre sobre el futuro, golpearon al sector que todavía debe comandar la Municipalidad más importante de la Patagonia, hasta el 10 de diciembre. Es que ahora también se afecta la transición. El núcleo duro que había formado Quiroga, varias veces puesto en crisis por peleas políticas con vistas a candidaturas, tendrá que atravesar un duro examen para llegar a diciembre y pasar de la incitante excitación permanente de la gestión, a la más lenta y hasta aburrida tarea de construcción en el Deliberante.

En ese cuerpo deliberativo, dos personas serán las que pugnarán por mantener la llama de la oposición al modelo del MPN encendida: Marcelo Bermúdez y José Luis Artaza. Justo las dos personas que deberán hacer malabares para sostener el ritmo intenso de la obra pública que Quiroga dejó en marcha, con el compromiso, en muchas de ellas, de inaugurarlas antes de dejar el gobierno.

En el contexto, los únicos entusiasmados son los peronistas. Están casi seguros de que ganarán las dos bancas al Senado, con Oscar Parrilli y Silvia Sapag como candidatos. Y que sostendrán la banca de Darío Martínez. Confían también en que ese triunfo que vaticinan en Neuquén tendrá equivalencia en la mayoría de los distritos del país, y que el próximo gobierno será inexorablemente el de Alberto Fernández. En el entusiasmo, que deberá ser refrendado por los hechos- imaginan para el caso de Neuquén un crecimiento que haga recuperar al peronismo provincial su esplendor perdido. Ya ven la posibilidad de un contexto parecido al que precedió a la década del ’70 en la provincia, con una construcción en paralelo con el MPN, con Vaca Muerta como motor principal para tener un ida y vuelta fluido con el poder central de la República, o de lo que sea que quede como destino para los argentinos en los próximos años.

Claro que todo esto sucede en la especulación del entusiasmo antes de tener razones reales y concretas para entusiasmarse. El país es poco previsible, lo acaba de confirmar. Cualquier cosa puede pasar, y la felicidad aparece lejana, con un presente donde avanza la pobreza, el narcotráfico, la decadencia institucional, y un desapego extraordinario por el respeto y las formas de la democracia.

Rubén Boggi

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