En la actual ensaladera electoral, no hay inocentes

En Argentina nunca se ha llegado a concretar la durabilidad de una política de Estado, sino que, por el contrario, todo ha funcionado espasmódicamente, oscilando entre bandas alejadas del centro de las cosas. Esta aseveración, fácilmente comprobable, rige también para Neuquén, pese a ser un distrito que es gobernado desde hace 56 años por un mismo partido político, el MPN. Neuquén ha oscilado también, sin un rumbo claro, y solo algunas cosas se han definido como estables y duraderas, fundamentalmente, las que importan para la regeneración constante de las células que van muriendo en el cuerpo madre de la gran corporación estatal que hoy gobierna.

En estos días, el tema es muy actual tanto a nivel nacional como en el plano local, dada la composición variopinta de las coaliciones intervinientes en las contiendas electorales que aún restan resolver, y que combinan personajes del elenco estable de los últimos 30 años con historias muy ricas y oscilantes, con posiciones cambiantes en temas que han permanecido.

Pretender adueñarse de una coherencia de más de 30 años es, tanto en Neuquén como en Argentina, una tarea vana, ya que es dudosa la utilidad de lo imposible.

El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, por ejemplo, por nombrar solo un tema actual que será utilizado fuerte en las campañas electorales en marcha, dividió inmediatamente al oficialismo macrista del opositor kirchnerismo. Los primeros salieron a decir que es prácticamente una panacea casi inmediata para los principales males económicos de Argentina; mientras que los segundos ordenaron a sus militantes hacer campaña en las redes sociales contra un pacto miserable comparable al de Roca-Runciman, aquel horror antipatria (para el nacionalismo, después peronismo) perpetrado con el Reino Unido en 1933.

Sin embargo, este kirchnerismo que hoy se muestra espantado por el acuerdo con la Unión Europea, debería recordar que en 2014, cuando presidía el país Cristina Kirchner, se hacía fuerza para firmar lo que ahora firmó Macri. El diario La Nación, que no es precisamente kirchnerista, pero tampoco un improvisado del periodismo argentino, publicó hábilmente un tuit de aquella época de la propia Cristina, en la que se la ve en una foto con el entonces presidente de Francia, Francois Hollande, con un texto que decía “estamos muy esperanzados en avanzar las negociaciones entre la Unión Europea y el Mercosur”. Cristina se había reunido con Hollande para intentar dar fin a la deuda con los 11 países del Club de París –cuestión que finalmente concretó con Axel Kicillof- pero también se alentó ese acuerdo con el Mercosur que Argentina venía trabajando desde 1999.

La política, que en el país es una cruel enemiga de la durabilidad y coherencia de planes a largo plazo, juega en contra de cosas con las que antes estaba a favor, y viceversa, todo el tiempo.

El candidato neuquino de Todos, la versión actual del kirchnerismo, Oscar Parrilli, por ejemplo, defendió a ultranza a principios de los ’90 la privatización de YPF que impulsó Carlos Menem, y que consiguió gracias al voto de aliados como el propio MPN, que aceptó a cambio de un rescarcimiento económico, que cobró el gobierno de Sobisch y que aplicó a grandes obras públicas, entre otras inversiones, algunas más atinadas que otras.

El MPN, con las mismas figuras que hoy están aunque en posiciones o roles distintos, fue capaz de variar desde aquella privatización hacia otro respaldo, esta vez a la expropiación de YPF aplicada a Repsol, que produjo la re-estatización de la petrolera estatal.

Antes, aceptó o negoció las políticas del “precio nacional” del petróleo para vender el crudo a 47 dólares cuando en el mercado estaba a 100, viendo como al mismo tiempo se caían las inversiones y languidecía el recurso petrolero. En medio de esa tremenda situación, potencialmente catastrófica, el MPN ofició de colectora para la candidatura a la reelección de Cristina Kirchner, en 2011.

En ese año, la convención del MPN fue  la que decidió llevar en la boleta a Cristina. El presidente del organismo partidario era Marcelo Pieroni, quien explicó así la resolución: “más allá de la convicción del gobernador (que era Jorge Sapag), a nosotros nos va a servir estratégicamente adherir a la presidenta. Todos sabemos que ella tiene una imagen muy positiva en Neuquén y trabajaremos en función de eso, además de la estructura propia”.

Con una notable practicidad, el mismo MPN aventó, años más tarde, dudas sobre el acuerdo con Chevron, para dar el puntapié inicial de Vaca Muerta, con otra vuelta de tuerca que terminó alentando inversiones y reglas de juego más propicias para las empresas multinacionales, encontrándose nuevamente en todo ese camino, de manera casi insólita, con el mismo Oscar Parrilli con el que habían coincidido, y con quien ahora disputa la posibilidad de una banca en el Senado.

Esta vez, el MPN va con boleta “corta”, con el sello partidario, sin hacer alianzas con nadie, y descargando todo el peso de la responsabilidad sobre Guillermo Pereyra. El actual senador, quien también ha oscilado al ritmo de todos los vaivenes peronistas, tiene una prueba de durabilidad y política de Estado: hace 30 años era titular del mismo gremio que conduce ahora.

Rubén Boggi

 

 

 

 

Etiquetas del artículo:
· · · · ·
Categorías de los artículos:
Editorial

No se permiten comentarios