“Mi bisabuela no mató a nadie”

Especial, por Sergio Sarachu.- Y parece ser cierto. Al menos nunca se comprobó que Helen Greenhill -la apodada “bandolera inglesa”-, haya matado a alguien. Tampoco recibió condena judicial por el robo de animales. No obstante, su relación con la ley y la policía de tres provincias, siempre fue conflictiva. Mucho más cuando apresó a un comisario y a un agente, los dejó en calzoncillos y les hizo lavar los platos durante varios días. Luego los liberó.

Testimonios y documentos históricos revelan que “la inglesa” tenía una puntería sin igual y manejaba como una cirujana su rifle Whinchester y su revólver Colt. Vestida como capataz, se mimetizaba entre los hombres y las miles de cabezas de ganado que “recolectaba” para arrear a Chile, cabalgando cientos de kilómetros.

Eran “los códigos” de aquellos primeros años de 1900 en estas tierras patagónicas, reflexiona la bisnieta de Helen, Sonia Greenhill, desde Pico Truncado, por AM 550 La Primera.

“La Grinil” tiene tantas historias como las matas que pueblan el cerro que lleva su nombre, cerca de la chubutense Gan Gan, adonde fue rematada con un tiro en la cabeza. Tan es así que quienes escribieron sobre ella no coinciden en tiempos y espacios. Se les escabulle como una nutria en celo.

“El maestro”

El comentario en la familia, dice Sonia, era que en esa época las deudas se pagaban con personas y así fue que Helen se tuvo que casar con Manuel de la Cruz Astete, que la doblaba en edad y también en la habilidad para hacer negocios, siempre fronterizos con la legalidad.

Hacía cinco años que había llegado de Inglaterra a Chile con sus padres y hermanos. Junto a su esposo cruzó la cordillera por algún paso neuquino y anduvo por estas tierras, hasta asentarse en la provincia de Río Negro.

La bisnieta no duda que “ella, con 18 o 19 años aprendió el oficio, tuvo un ´maestro´ al lado” y no duda en señalar a Astete como un hábil negociante, especialmente en el comercio de ganado ajeno. También, enmarca la época donde el arreo de hacienda hacia el vecino país era la posibilidad más concreta de hacer “diferencias” económicas y por lo tanto, el cuatrerismo tenía adeptos y perseguidores.

“Era una época llena de bandoleros en esa zona, todo el mundo andaba armado y los hombres sometían más a las mujeres”, dice Sonia desde Pico Truncado.

Lo cierto es que Astete apareció muerto, con la cabeza destrozada a unos 1500 metros de la casa del matrimonio y a la primera que se acusó fue a Helen, que ya tenía dos hijos. En el juicio salió absuelta merced a la tarea y vinculaciones del abogado Martín Coria, con quien se casó tiempo después. El comisario que investigó la muerte de Astete, fue el padrino de la boda.

El abogado

Todo indica que con Coria como compañero de “negocios”, avanzó en la legalización tanto de sus propiedades como de la hacienda que la poblaba.

Pero así como trascendió la región la imagen de “la inglesa” como mujer dura, bandolera y de solucionar los conflictos a los tiros, también creció su figura en el manejo de las tareas rurales, a la par de los hombres que la miraban con una entendible mezcla de admiración y miedo.

Algo de esto recuerda el escritor rionegrino Elías Chucair, quien escuchó de su padre que Greenhill “a las latas de tabaco Caporal les pegaba de cualquier forma, hasta en el aire. Parecía que ni apuntaba siquiera y accionaba el gatillo de una manera muy particular. Dejaba a todos con la boca abierta”.

Otro escritor, Francisco Juárez, escribió “La bandolera inglesa” y allí afirmó que Helen “no eligió una vida fácil. La inglesa odiaba las clásicas amas de casa sometidas entre hacendados y complacientes. Pero cocinaba y cosía lo necesario. Privilegiaba, eso sí, sus pasiones y conservaba todos los códigos de los ritos amorosos y costumbres románticas. Perfumaba las cartas de amor y siempre creyó que la entrega de un mechón de cabello significaba un compromiso de amor exclusivo –aunque no duradero y mucho menos definitivo– con el nuevo amante”.

También por AM 550 La Primera, la escritora Virginia Haurie enmarcó en una época dominada por los hombres la que vivió Greenhill, al describir a ésta y otras patagónicas en su libro “Mujeres en tierra de hombres”.

En aquellos primeros años del 1900, la región era un tenso ajedrez donde las piezas se movían difusamente entre el poder de los grupos armados, el valor de la hacienda llevada al mercado europeo vía Chile y un lento poblamiento a la vera de los ríos. Entre los propios ejecutores de la Ley, había quienes adaptaban los textos a los grandes estancieros y los que recibían beneficios de “custodiar” el tránsito de esa hacienda sin revisar su procedencia. Así lo describió otro escritor, Osvaldo Aguirre, en su libro La Pandilla Salvaje.

Otra mujer

Otra mujer, Mercedes Sifuentes, hacendada de las cercanías de Telsen denunció a Coria y Greenhill por el robo de unas ocho mil ovejas y 400 vacas. Esto colmó la paciencia de la policía chubutense que rápidamente apresó a Coria. A los dos días llegó Helen con los comprobantes legales de la propiedad de esa hacienda, pero esto no calmó a los oficiales.

Unos meses después una partida de 17 policías al mando del comisario Caligaris arribó al campo con boliche que tenían Coria y Helen con el objetivo de apresarlos y arrear el ganado que pastaba en el establecimiento. El enfrentamiento duró varias horas, hasta que los uniformados se quedaron sin municiones. Haurie relata que “la inglesa” envió a uno de sus peones sordomudos a parlamentar con el comisario que ondeaba un pañuelo blanco con su mano derecha.

En un movimiento de piezas de ajedrez, el comisario y un policía fueron apresados, el sordomudo se vistió con el uniforme y los guardianes de la Ley fueron los encargados de los quehaceres domésticos, en calzoncillos.

Esta humillación selló la suerte de Greenhill. Coria enfermó gravemente y partió hacia Buenos Aires, adonde falleció. Ella se unió a Martín Taborda (otro hábil negociante), pero no salía de la mira de la policía.

Cruzando el límite desde Río Negro hacia Chubut, en un viaje para comprar tierras, un grupo de policías (se dice que sin uniformes) emboscaron al nuevo matrimonio, sobre una de las laderas del cerro que hoy lleva el nombre de “la inglesa”. Taborda escapó herido y ella acabó todas las balas de sus armas, parapetada tras su caballo muerto sobre el suelo. Ya herida y desarmada, se dice que la remataron con un tiro en la cabeza a las tres de la tarde del último día de marzo de 1915.

El comisario que estuvo a cargo de esa ejecución y un policía fueron llevados a juicio por esa acción. Luego reaparecerían integrando los escuadrones que fusilaron obreros rurales en las huelgas de Santa Cruz.

“La familia ha sido muy cauta con las intimidades y preguntar algo era salir de las normas”, indica la bisnieta de Helen. Pero “cuando era chica yo recuerdo que hubo una nota donde se decía que ella era una asesina. Mi bisabuela nunca, nunca, mató a nadie”.

La película

Ricardo Preve es un cineasta argentino apasionado por las historias de mujeres patagónicas. Realizó un emotivo documental sobre Catherine Roberts Jones, la primera mujer galesa muerta en el sur de nuestro país. Ahora, anda tras la realización de un film sobre Helen, titulado “La Grinil”.

En directo desde Doha, Qatar, indicó por AM 550 que “ya tenemos el guión terminado y ahora viene la etapa de convocar a quienes puedan apoyar el proyecto” por lo que presentó la historia en festivales internacionales donde se evalúan y premian las iniciativas.

 

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