El «trauma» de cuando fui a hacerme el cavado completo con cera

Las actuales generaciones de mujeres, sabemos que, a medida que fuimos creciendo, tomamos como casi una “obligación” tener que depilarnos. Es lo que nos vendieron en cuestiones de estética, principalmente. También es cierto que, para muchas, el tema sigue siendo tabú. Afortunadamente, no para mí y mi entorno.

Debo admitir que sufrí la primera vez que me depilaron. Era bastante chica. Y, aunque muchas personas sepan que mi umbral de dolor es bastante sensible, y hasta sea un chiste entre amigos, realmente dolió mucho. De hecho, no me avergüenza contar que, por mucho tiempo, me rehusé a ir a la depiladora, y ni siquiera quería intentarlo yo misma. No me importaba qué dirían los demás.

A medida que fui creciendo y, con la influencia de una amiga que “me ayudó” a quitarme “el trauma”, fui animándome nuevamente, y ahora me gusta ir. En este contexto, tengo bastante claro que lo hago por una cuestión de comodidad personal, al igual que mi amiga, y no porque alguien nos lo exige.

La última vez que fuimos a depilarnos, una nerviosa chica entraba a la sección dividida por una cortina. Se escuchaba todo, porque hablaba fuerte, y aclaraba que era la segunda vez en su vida que iba a depilarse, y se reía entre nervios, asegurando que tenía un poco de miedo. En ese momento, generé empatía inmediata, recordando lo que me había sucedido.

Era el momento de colocar la cera caliente, según le dijo la profesional en cuestión. “¡Ay! ¡Está caliente!”, dijo. Y sí, claro que sí. “Pero, esperá… Porque después se pone peor”, pensaba yo.

“Vamos por partes o todo de una, como vos quieras”, dijo la depiladora

“Vamos todo de una… Cuanto más rápido mejor. Disculpá si grito”, respondió

Y ya todas teníamos una sonrisa dibujada, escuchando lo que pasaba, y hasta la misma depiladora le dijo: “No pasa nada. Yo me río”. Pero, internamente, esa chica sí que la estaba pasando mal.

¡Y ahí se escuchó el primer grito! Porque la cera se había enfriado y era momento de sacarla. Y los gritos siguieron, y las risas también. Mi amiga ya había pasado, porque era su turno. Mientras tanto, yo seguía ahí, escuchando el sufrimiento de la joven.

Cuando pensábamos que su tortura por el cavado completo terminaba, la depiladora le dijo que no se levantara, porque aún faltaba la tira de cola, a lo que la chica respondió: “¡No, ni loca!”. Ya casi parecía que estaba agonizando. “Sí, sí… Mirá… Hay que sacarlos”. “No, no, no, no”, seguía. “Abrí las piernas… No duele nada, ¡Dale!”, insistía.

En ese momento, no pudimos evitarlo, y casi estallábamos de risa en la sala y, hasta la mismísima víctima de una farsa estética (porque se notaba que ella realmente no quería hacerlo) se reía.

Finalmente, pudo escapar. “Bueno… Esta vez, no. Pero la tercera es la vencida y te lo vas a tener que hacer”, dijo la depiladora. Y la chica salió, y nos dijo: “Estoy bien”.

Realmente, la situación fue muy graciosa, porque ella “se la bancó” y lo tomó con humor, al igual que nosotras. Imagino que, a pesar del dolor, salió satisfecha de ahí. Es una gran comodidad estar depilada.

Sin embargo, no pude evitar tener una sensación amarga en la historia, y es que no supe si ella lo hizo porque quiso, o porque se sintió obligada a hacerlo.

 

 

Sofía Seirgalea

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