Evité un supuesto robo y saben que fui yo

La delincuencia es un tema delicado y complicado, ¿no? Hay extremos por doquier. Quienes piensan que, por ejemplo, los menores que cometen delitos son «pobres víctimas de la sociedad que no encuentran escapatoria y la culpa la tienen los políticos», o quienes piensan que «hay que matarlos a todos» como si fueran la mismísima nada. Lamentablemente, ninguno de esos puntos de vista soluciona algo. Junto con esto, mi sorpresa no disminuye, incluso con el pasar de los años, ante estos tipos de discursos armados, por parte de personas que hablan porque, simplemente, pueden.

Mi pregunta es, qué harías vos, si te encontraras directamente involucrado, sin querer, en una situación de delincuencia. Claramente, no es algo en lo que pensamos. De hecho, si sucede sorpresivamente, tampoco tenés tiempo de pensar y actuás. Y eso me ocurrió a mí.

Este miércoles, alrededor de las nueve y media de la noche, tomaba aire para – intentar – dejar de pensar en toda la vorágine generada a raíz del histórico debate en el Senado, por la despenalización del aborto. Estaba afuera, en calle Montevideo, casi esquina Bahía Blanca, contra una pared. Miraba hacia la nada hasta que aparecieron, por esa esquina, dos jóvenes encapuchados, que caminaban a paso rápido con espaldas encorvadas. Uno le decía al otro: «vamos, vamos, vamos». Miraban fijo hacia algo que, yo imagino, era uno de los autos estacionados. Teniendo en cuenta, además, el prontuario de esa cuadra.
Fue tal la sorpresa que se llevaron cuando vieron que no estaban solos en el sector y que, de hecho, estaba observándolos con atención, que sus caras se desfiguraron, se tocaron los brazos mutuamente y frenaron de golpe. Nos miramos y, en milésimas de segundos, pegaron la vuelta y comenzaron a caminar (o casi trotar) hacia la dirección de Ruta 22. Mientras tanto, se daban vuelta para ver dónde estaba yo, y si seguía mirándolos. Y eso hacía.

Fui hacia la esquina y quedé con los ojos clavados en ellos. Desaparecieron por la estación de servicio y fue, en ese instante, en el que no pensé y me alejé de mi trabajo, sin avisar, para caminar una cuadra más y sorprenderlos por atrás. Finalmente, los vi nuevamente de espaldas, quietos, pero volviendo después, rápidamente, hacia la dirección del primer punto de encuentro. Así que regresé por otra calle, para pasar desapercibida. Ahí estaban, parados otra vez en la estación de servicio, chequeando la esquina. Volvieron a tocarse los brazos cuando me vieron regresar y agregaron el gesto de “mirá vos” con sus cabezas, más de una vez.

Seguir contando detalles, no es útil, porque sería muy extenso. Algunos pensarán que son mis especulaciones, pero uno entiende lo que sucede a su alrededor, sin ser adivino o demasiado inteligente. Uno puede sentir cómo el otro lo está mirando. Tampoco hace falta hacer un gran análisis de posturas corporales para entender algo de ellas.

Finalmente, ¿qué logré con perseguirlos un rato? Básicamente, nada. Sólo evitar que “algo malo” sucediera en el sector, aunque pueda ocurrir hoy, tranquilamente.

Mi compañera de trabajo dijo que llame al móvil policial para que circulara por el sector. Respondieron con eficacia, pero me preguntaron: “¿Pensás que son menores?”.

Sí. Pienso que son menores que andan en grandes grupos, porque lo observamos todos los días. Menores con los cuales hice un larguísimo contacto visual, y saben que los perseguí y que soy yo la que llamó a la patrulla, y quienes seguirán haciendo lo que no consideramos correcto en esta sociedad. Y, realmente, no importa. Porque eso no voy a poder cambiarlo yo. Al menos, no hoy. Pero sí pude cambiar el desenlace de una noche, porque como siempre digo, prefiero ser de aquellas que se involucran.

 

Sofía Seirgalea

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