El próximo sábado se tendrá la primera noticia política importante del año. Ese día, el MPN examinará su realidad frente a la coyuntura. Sopesará su equilibrio interno, verificará si hay o no masividad en la convocatoria, y expondrá fatalmente dudas y certezas, fortalezas y debilidades.
La convocatoria para encontrarse en Zapala parece ser el primer tejido resultante de una situación partidaria un tanto confusa. Aparece bastante claro que el gobierno de Jorge Sapag enfrenta una situación complicada por el devenir insólito, contradictorio (y aun así, lógica consecuencia) de la política energética nacional. De pronto, Sapag encuentra escollos para sus proyectos más urgentes en sus propios socios K, como en una paródica repetición de la historia que ya vivió el MPN con el peronismo en la década del ’70.
El MPN será, según su lógica, más o menos peronista (con el peronismo en el gobierno) según la afectación positiva o negativa que sufra su estrategia provincial. No puede permitirse adhesión sumisa si eso significa postergar intereses de progreso neuquino, pues ese progreso ha sido su principal, por no decir única, base de sustentación.
Por eso Sapag rumia su estrategia con ansiosa calma. Es un oxímoron viviente, pues debe sintetizar en su figura dos conceptos de significado opuesto: el de federalismo de coordinación, como él lo ha definido, con el de centralismo de conducción que ejerce Cristina Fernández, ahora con el exótico Guillermo Moreno como herramienta principal.
En esta disyuntiva compleja, Sapag muestra firmeza en la defensa de los intereses provinciales, deslizando veladas críticas hacia las políticas nacionales. Esas críticas no tienen forma de críticas, sino de propuestas que no se sabe con claridad si son apoyadas o no por el propio gobierno nacional. La última de ellas es la de impulsar inversión estatal allí donde no se registre la privada, y complementar ambas fuerzas para conseguir el resultado ansiado, que es el de revitalizar la producción de hidrocarburos mediante la puesta en marcha de los recursos no convencionales.
Con esta postura, que según quién habla del gobierno se hace más o menos crítica hacia lo que hizo y lo que hace el gobierno kirchnerista, ha desencadenado un vendaval modesto pero promisorio de sectores de la oposición. El peronismo, por ejemplo, lo acusa de defender los intereses de las empresas más que los de la sagrada Nación. El radicalismo, de quedar preso de una dicotomía que termina siendo “patética”. La izquierda, en general, se inclina naturalmente más hacia la posición K que en respaldo al MPN. El único socio que puede encontrar Sapag en esto es Horacio Quiroga, pero el Intendente capitalino hasta ahora se ha manejado con extrema prudencia en sus opiniones sobre la situación energética nacional.
Demás está decir que el sábado 25 se verá cuánto de respaldo tiene el gobierno del MPN en su propio partido. El encuentro programado en Zapala está trabajado, insoslayablemente, por el sector que conduce, a veces de manera explícita, a veces no, el presidente partidario, Jorge Sobisch.
La conducción partidaria fue la que difundió la movida de las seccionales, y Sobisch prometió su presencia, y al mismo tiempo dijo que prefería que fueran las seccionales las que invitaran al gobernador Sapag a la reunión. No es una sutileza, sino una evidencia de presión bastante gruesa: el MPN se apresta a verificar su actual estado de fuerzas internas frente a una coyuntura ideal para definir posiciones prácticas e ideológicas, porque por sus venas corre más petróleo que sangre, y cada vez que el gobierno nacional ha metido el dedo en esa aorta elemental, ha provocado una reacción del partido que gobierna desde hace 50 años.
El contexto, huelga decirlo, es extremadamente complicado para las finanzas provinciales y por supuesto para el país. El gobierno volcó toda la fuerza de la culpa sobre las empresas, y particularmente, sobre YPF. Sucede cuando comienzan a repartir en Buenos Aires las primeras facturas de gas sin subsidio, con aumentos que oscilan entre 100 y 400 por ciento. Sucede cuando el mismo funcionario ducho en góndolas de supermercado se ocupa de la cuestión energética restringiendo importaciones. Guillermo Moreno ha dispuesto, por ejemplo, que se congelaran pagos por el gas que se importa desde Bolivia, y ha dejado también sin pagar el gas de los últimos barcos metaneros.
Se verá en las próximas semanas si todas estas operaciones contradictorias desembocan en alguna medida positiva que aliente la producción nacional, o si todo queda en una gigantesca puesta en escena, a tono con el encendido nacionalismo de opereta del que gusta pintarse la Argentina cada vez que un problema de fondo altera los profundos intestinos de la gran desorganización nacional.
Rubén Boggi



















