El proyecto Famatina no se va a hacer porque es una locura. No, seguro que se hará pese a todas las protestas. Famatina no tiene contrato social. Famatina dará trabajo. Famatina es una causa nacional y popular. Famatina…
Desde hace poco más de seis meses el “Proyecto Famatina” pasó a ser uno de los grandes temas de debate en la agenda de los argentinos y particularmente en los últimas semanas quedó como el tema excluyente en la mayoría de los medios de comunicación.
En todos lados se habla de Famatina. En las redes sociales, en los portales informativos, en los diarios, en las radios y hasta en las charlas de amigos.
Fenómeno curioso el de Famatina. Todo el mundo opina. Todos son especialistas, ambientalistas, sociólogos.
En un asado de amigos al que había concurrido la noche del jueves, el tema salió a la luz inevitablemente. Y la mecha del debate se encendió enseguida.
Lo curioso es que en medio de la discusión acalorada sobre si la iniciativa minera contaminaba o no contaminaba y si daba trabajo o era un negocio empresario alguien preguntó a los presentes si conocían en detalle el famoso proyecto Famatina. Pese a que entre los comensales había mucha gente vinculada a los medios de comunicación, uno a uno reconoció que en realidad no tenían mayores datos al respecto, más allá de las conocidas proclamas ambientalistas que circulan por todos lados.
Famatina está hoy (y vaya a saber durante cuánto tiempo más) en el primer lugar de la agenda de la sobreactuación, no por la gravedad y los riesgos que pueda encerrar el proyecto, sino por la impostación que se hace a la hora del debate.
A los argentinos nos encanta dramatizar sobre causas que parecen perdidas y nos emociona alimentar revoluciones aunque más no sea desde la mesa de un café. Nos generará pasiones mientras el tema esté en el primer lugar de la agenda. El tiempo lo desgastará hasta hacerlo desparecer y seguramente no importará el resultado de la revolución sino la revolución misma y el tiempo que duró.
¿Y Botnia?
Hace cuatro años Argentina y Uruguay vivieron un conflicto sin precedentes que casi termina en una guerra por la instalación de la pastera Botnia en una de las márgenes del río Uruguay. Hubo una gran causa nacional sobreactuada que incluyó campañas nacionales, cortes de rutas, movilizaciones y pérdidas económicas importantísimas para el turismo de ambos países. Sin embargo, toda la movida nacional no sirvió para nada.
En la actualidad Botnia produce miles de toneladas de celulosa en Fray Bentos y nadie se acuerda ni siquiera de cómo vive la gente de Gualeguaychú, el bastión de la resistencia y la lucha popular. El río Uruguay sigue su curso. ¿Está contaminado? ¿Alguien sabe si se está haciendo el monitoreo del agua? ¿Qué resultado dieron los exámenes? ¿Hay algún diario que en la actualidad publique aunque sea 10 líneas del tema?
La impostación y el dramatismo, propios de una ópera italiana, nos tienta a todos los argentinos por igual. Desde el ciudadano común hasta las personalidades más conocidas.
Actores, músicos y animadores grabaron spots televisivos en contra del proyecto Famatina. Todos salieron con la voz impostada y cara de circunstancia recomendando unirse a la lucha contra la megaminería a cielo abierto. “Cuidemos nuestra tierra”, repetían desde Buenos Aires, una ciudad rodeada por uno de los ríos más contaminados del mundo y en donde viven miles de personas en condiciones extremas, al borde del agua podrida, la basura y la miseria.
El proyecto Riachuelo supo ocupar su lugar en la agenda de las impostaciones. Pero tuvo su tiempo de fama. Hoy sigue igual o peor.
Lo mismo ocurrió con los glaciares de Santa Cruz que se derretían (y seguramente se siguen derritiendo), la deforestación en el Chaco y tantos otros temas que bajaron de esta agenda tan frenética como poco efectiva.
Acá también
En Neuquén, donde el tema Famatina generó hasta un proyecto de ley impulsando la prohibición de la megaminería, también hay temas pendientes que ojalá algún día ocupen el primer lugar de la agenda local, pero para una solución concreta y no para las sobreactuaciones de moda.
La leyenda que dice que quien prueba el agua del Limay se queda a vivir en Neuquén quedó como un enunciado romántico, propio de quienes vivían en aquel caserío del siglo pasado, pues si en la actualidad alguien prueba el agua del río a la altura de la capital es probable que se agarre una gastroenteritis aguda, en el mejor de los casos.
Un gran porcentaje de los efluentes cloacales se arrojan en crudo hacia el -hasta hace poco- río cristalino. Y se utiliza el eufemismo “crudo” para no hablar de mierda pura, término desagradable y alarmante, pero real.
Pero entonces… ¿por qué nos abrazamos la causa de Famatina si en cada lugar hay problemas de sobra para resolver?
Si realmente hay una conciencia medioambiental los argentinos deberíamos aferrarnos a nuestras propias causas locales, discutiendo y presionando para que se solucionen los problemas que realmente nos afectan y fundamentalmente impulsando reglas de juego claras que indudablemente hoy están ausentes como políticas de Estado a nivel provincial y nacional.
Famatina debería ser un tema a resolver por los propios riojanos, el Riachuelo podrido tendría que reflotarse como prioridad para los porteños, la deforestación debería ser resuelta por los chaqueños y los neuquinos tendríamos que comprometernos un poco más con nuestros ríos y tantos otros temas que afectan a nuestro medio ambiente.
Mientras no comprendamos estas premisas, las revoluciones mediáticas seguirán siendo mediáticas, los debates serán tan lejanos como estériles, las soluciones no llegarán nunca y habrá que esperar la bendita agenda histérica para ver de qué manera podemos empezar a sobreactuar.
Mario Cippitelli


















